By: Mariano Corica On: 7 abril, 2022 In: Devocionales Comments: 0

Lucas 7.36-50

 

«y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.» Lucas 7.38

 

Una vez Jesús fue invitado a cenar a la casa de un fariseo llamado Simón. Jesús, por supuesto, fue. Al entrar, notó que ciertos detalles de cortesía fueron omitidos. Igual se sentó a comer.

La cena transcurría y era evidente que la presencia de Jesús no distinguía. Parecía que ninguno de los convidados se daba cuenta de cuánto estaban desaprovechando el hecho de compartir ese momento con él. También parecía que el huésped estaba probando al invitado. Era bienvenido pero (tal vez) no tanto.

Hubo una interrupción.

Una mujer entra, busca a Jesús y se arroja a sus pies. La tensión estaba en el aire, el olor a nardo puro también. Haciendo caso omiso, Jesús disfrutaba el impactante homenaje de esta desconocida que, claramente, era bien conocida.

El momento fue atravesado por un pensamiento despreciable. Jesús se percata de lo que está pasando en la mente de Simón. Le cuenta una historia, le hace pensar. Pero luego le pregunta:

―¿Ves a esta mujer?

El fariseo sólo veía a una prostitutaNo sabemos si pudo ver algo más.

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