By: Mariano Corica On: 18 julio, 2022 In: Devocionales Comments: 0

¡Cuán claramente se vincula la acción poderosa del Espíritu Santo con la preciosa Palabra de Dios en la obra de la evangelización! Ambas se vinculan inseparablemente en las palabras que Jesús le dirige a Nicodemo en Juan 3, cuando dijo: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios.»

La preciosa Palabra de Dios es el agua que purifica al ser. La Palabra de Dios es la potencia regeneradora de aquellos que nacen del Espíritu. Juan 17.17, Santiago 1:18 y 1° Pedro 1:23-25 nos hablan de manera contundente acerca de la importancia de la Palabra de Dios, que debe ser anunciada para que el que crea pueda renacer a una esperanza gloriosa.

La Palabra de Dios es la espada del Espíritu. Un arma espiritual tan poderosa que quebranta al corazón más duro, que penetra hasta las profundidades más oscuras del ser y le trae luz, parte el alma y el espíritu, quebranta el cuerpo. Podemos decir, con certeza, que es un arma viva, eficaz y la única capaz de revelar el estado espiritual en que se encuentran las conciencias.

La Palabra de Dios es el mejor instrumento (si no el único) para comunicar el evangelio. Es nuestra responsabilidad permitir que el Espíritu llene nuestras bocas de su Palabra, para que las conciencias sean despertadas a la vida.

Es así que quién pretenda darse a la obra de la evangelización, y tener éxito, deberá acudir a la Palabra de Dios para transmitir eficazmente el mensaje. Este mensaje debe propagarse de forma pura y sencilla, debe transmitirse de modo tal que no impida que el agua pura corra desde el corazón de Dios al corazón del hombre. Quien quiera predicar este evangelio debería, simplemente, predicar la Palabra de Dios bajo la acción y dependencia del Espíritu Santo.

No alcanzaría con querer transmitir sólo nuestras propias experiencias, o mencionar sólo las promesas de descanso al alma, y no mencionar las verdades estructurales del evangelio que están en la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios es el arma que el Espíritu usa para la obra de la conversión. Nunca debemos perder esto de vista, ni debilitar el poder de esta realidad. No interesa tanto la forma en que hagamos el trabajo, ni los modos en que puedan revestirse las verdades de la Palabra, ni el vehículo mediante el cual es transmitida, porque al fin de cuentas las almas sólo pueden nacer de nuevo por la acción del Espíritu y de la Palabra de Verdad.

Necesitamos despertar a las almas. No se necesita más que un gran amor por ellas para hacerlo. En la prédica de quién evangeliza hay un afecto tierno y un anhelo ferviente de que la Palabra de Dios alcance al otro. Por otro lado, quién así lo hace debe estar bien empapado y lleno de las verdades de la Palabra, para que el Espíritu pueda echar mano de ellas cuando hable.