By: Mariano Corica On: 19 marzo, 2024 In: Artículos Comments: 0

Mariano Corica, Diciembre 2023

 

1.- Introducción

En este trabajo abordaremos un análisis de la situación de la sociedad argentina en general y de la comunidad evangélica argentina en particular, en los períodos de pandemia y postpandemia. Este análisis será escueto, sujeto al alcance de un trabajo de este tipo, pero sin embargo lo suficientemente completo para descubrir los puntos más relevantes y articular ejes y propuestas de trabajo a mediano y largo plazo.

El análisis se hará en base a trabajos de investigación de diversos organismos y fundaciones que estudiaron y publicaron informes acerca de la situación argentina en pandemia y postpandemia y también pondremos un marco teórico acerca de las potencialidades de la iglesia como institución social y como comunidad de fe. Finalmente, concluiremos con una síntesis y un marco de abordaje que proporcione un enfoque y ejes de acción para la pastoral y la comunidad de fe en general.

2.- Análisis de la situación argentina en pandemia y postpandemia

La crisis social-económico-sanitaria desencadenada por la pandemia de COVID-19 ha dejado huellas profundas en la sociedad argentina. Sin embargo, este impacto se profundizó aun cuando el período más crudo de la pandemia ya había ocurrido. A medida que avanzamos en la etapa de postpandemia, se dejan ver consecuencias graves que han sido potenciadas por la pandemia pero que eran preexistentes. Entonces, se hace muy necesario examinar críticamente el impacto de este fenómeno y cómo desnudó la precariedad de la estructura social y económica del país.

2.1.- Análisis político económico

Desde la perspectiva del informe de Salvia, Poy y Pla[1], en 2020 la ya deteriorada situación económica y sanitaria argentina recrudeció y probó serias deficiencias. En 2021, sin embargo, presentó signos alentadores con una reactivación de la economía y progreso en los procesos de vacunación. Aún así, la recuperación económica no ha sido suficiente para contrarrestar el deterioro social acelerado por la pandemia que, como dijimos, ya era grave por las crisis previas. A pesar de dicha recuperación, persisten elevadas tasas de precariedad laboral, informalidad y niveles de pobreza e indigencia, acentuadas por malas prácticas económicas y un deficiente abordaje de la problemática político económica en general. Para comprender esta realidad, es necesario adentrarse en los factores estructurales que perpetúan la pobreza crónica en la sociedad argentina.

En este informe se destaca la importancia de examinar el desequilibrado sistema económico como una raíz fundamental de las desigualdades. Este sistema estratifica la trama social, segmenta las instituciones y promueve un modelo de gestión política incapaz de romper con la trampa del “desarrollo del subdesarrollo”. Cabe destacar que el informe presenta algún sesgo ideológico que debería contemplarse. Pero es innegable que la pandemia actuó como un catalizador, revelando cómo la estructura social particular respondió a un shock externo.

Dicha respuesta no fue consistente, como era de esperar. Uno de los puntos centrales que el informe explicita como relevante es la acentuación de la debilidad productiva acompañada de la fragmentación del mercado laboral durante la pandemia. Estos fenómenos han profundizado las desigualdades, ya que el impacto en los trabajos precarios o informales fue nefasto. Según el informe, se exacerbó la distribución desigual del ingreso y se acentuaron las condiciones de vida precarias en los estratos sociales más bajos.

El informe citado hace referencia a que los resultados de la reactivación fueron insuficientes en términos de mejoras en las condiciones de vida. La inflación y el desplazamiento de parte de la población activa hacia actividades de baja productividad han contribuido a una sociedad fragmentada y empobrecida. La postpandemia no ha logrado mejorar la situación, más bien ha profundizado la fragilidad en la que se sustentan muchos hogares argentinos.

En mi opinión, la generación de valor y de riqueza se vio fuertemente afectada, es decir, no es tanto un problema de distribución de ingreso sino de generación de riqueza. La estructura económica argentina tiene un componente informal muy alto y aunque hay un porcentaje de desempleo relativamente bajo, los niveles de pobreza son relativamente altos, lo que indica que los empleos registrados o formales son precarios. Por un lado, el Estado absorbe una significativa masa laboral con salarios relativamente bajos, y por otro las pequeñas y medianas empresas (que son los mayores empleadores del sector privado) aún tienen altos niveles de porcentaje de masa salarial precarizada. Asimismo, la masa laboral completamente precarizada es alta tanto teniendo en cuenta a quienes están inscriptos en los regímenes de monotributo como los que están completamente fuera del sistema.

El informe también sugiere que las transformaciones regresivas no pueden atribuirse únicamente a la pandemia, sino que deben entenderse en un contexto histórico, económico y político más amplio. La dinámica del desarrollo periférico argentino parece estar vinculada a la persistencia de múltiples formas de pobreza en la estructura social. Esto plantea la pregunta crucial de si la sociedad argentina, en el periodo postpandemia, se encontrará en un escenario tan fragmentado y desigual como hace algunos años.

La pandemia puso al descubierto las debilidades económicas y sociales estructurales de la sociedad argentina. El análisis propuesto en el informe resalta la necesidad de abordar no solo los impactos inmediatos de la pandemia, sino también las condiciones sistémicas preexistentes, que de persistir seguramente consolidarán y acentuarán las desigualdades.

Las conclusiones del informe son las siguientes:[2]

  • La pandemia de covid-19 es un fenómeno de alcance global, pero ha operado en nuestro país a través del tamiz que imponen sus particulares condiciones macroeconómicas, distributivas, institucionales y sociales.
  • La pandemia vino a acentuar un proceso de deterioro distributivo e informalización de la estructura social del trabajo, que en mayor o menor grado atravesó a todos los sectores sociales.
  • El proceso subyacente detrás de estos procesos de marginación socioeconómica es la heterogeneidad de la estructura productiva, que configura un mercado de trabajo crecientemente fragmentado y da lugar a dinámicas de reproducción socioeconómica desiguales.
  • Aunque está en curso una reactivación económica, los resultados alcanzados son insuficientes en materia de condiciones de vida. El balance provisional es que está encamino una parcial recomposición de los efectos más regresivos de la pandemia, pero incluso en ese caso el balance sería el de una sociedad altamente fragmentada y empobrecida.

2.2.- Análisis socio-existencial

Además del análisis de impacto económico, también aparecen otros abordajes. La pandemia nos trajo aparejadas crisis existenciales importantes. La forma en que la pandemia impactó en los individuos, las familias y las comunidades cercanas es una fuente de análisis muy importante. El artículo de Balsa[3] proporciona una profunda exploración de las dinámicas sociales que emergieron durante la pandemia en Argentina. Hay dos apartados que son interesantes para nosotros los cuales analizan las acciones solidarias en barrios populares, la reflexión sobre el sentido de la vida estimulada por la pandemia y las creencias y prácticas religiosas.

El estudio revela que aproximadamente un tercio de la población entrevistada participó en acciones solidarias durante los momentos críticos del ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio). Estas acciones, destinadas a abordar problemas derivados de la pobreza, se llevaron a cabo tanto a través de organizaciones formales como de iniciativas individuales basadas en donaciones o ayudas. El fenómeno de solidaridad fue particularmente notable en los barrios populares, donde la densidad poblacional favoreció la emergencia de la ayuda mutua y la fraternidad.

Sin embargo, el lado oscuro de esta solidaridad también se hizo evidente. En estos barrios, la conflictividad aumentó, especialmente en los intercambios con personas de otros lugares. El informe destaca la construcción de un “otro” amenazante, asociado a la portación del virus. Este fenómeno sugiere tensiones subyacentes en la sociedad, manifestándose incluso en momentos de unión y solidaridad.

La pandemia también desencadenó una profunda reflexión existencial entre los argentinos. Según las encuestas de 2021presentadas en el informe, el 77% de los encuestados consideró la posibilidad de realizar cambios significativos en aspectos importantes de sus vidas. Sorprendentemente, un 56% ya había comenzado a implementar estas modificaciones o planeaba hacerlo. Sin embargo, la mayoría de los cambios se orientaron hacia aspectos individuales, como disfrutar más de la vida y los afectos, realizar cambios laborales, de residencia o personalidad. Solo un 9% optó por opciones relacionadas con la solidaridad.

El informe indica que este fenómeno puede interpretarse a través del prisma de la teoría del individualismo en la sociedad moderna y posmoderna. La modernidad impulsa un cambio hacia la individualización, donde las personas se centran más en sus vidas personales. La baja proporción de respuestas vinculadas a la solidaridad podría indicar la predominancia de estas tendencias individualistas incluso en un contexto de crisis colectiva.

El papel de las creencias religiosas y espirituales durante la pandemia fue significativo. Aproximadamente el 80% de aquellos con creencias religiosas o espirituales sintieron que estas les ayudaron a sobrellevar la crisis. Estas creencias actuaron como una fuente integral de apoyo emocional, psicológico y espiritual, con un aumento significativo en la intensidad percibida de protección o acompañamiento a medida que avanzaba la pandemia.

La interacción entre solidaridad y conflicto, reflexión existencial y cambio individual, así como la influencia de las creencias religiosas, destaca la complejidad de la respuesta social argentina a la pandemia. Estos elementos revelan una trama intrincada de identidades, experiencias y discursos que se entrelazan en medio de la crisis, sugiriendo que la comprensión de la sociedad en tiempos extraordinarios va más allá de las categorías tradicionales. Este análisis invita a reflexionar sobre la resiliencia y la fragilidad de la sociedad argentina, así como sobre las tensiones y contradicciones que surgen en contextos de crisis. A medida que el país avanza hacia la postpandemia, es esencial considerar cómo estas dinámicas moldearán la evolución social y cultural en el futuro.

La pandemia no solo dejó una marca en temas de salud y economía, sino que también dejó una huella en la psique colectiva. A través de la solidaridad, la reflexión y las creencias, la sociedad argentina está tejiendo una respuesta a un desafío global. En este tejido, mezclan no solo los hilos de la lucha contra una pandemia, sino también los de la identidad, la espiritualidad y la búsqueda de significado en un mundo en constante riesgo.

3.- Análisis de la situación de la comunidad evangélica argentina en pandemia y postpandemia

3.1.- Análisis estadístico del impacto de la pandemia en la población evangélica argentina

Para comprender el impacto en las comunidades de fe, haremos un análisis del informe “Fe y pandemia” de Mosqueira y Carnival.[4] La pandemia de COVID-19 ha tenido un impacto significativo en comunidades de todo el mundo y, en Argentina, la experiencia de las personas evangélicas durante el confinamiento ha sido objeto de estudio en la investigación del informe citado. En primer lugar, se observa una concentración de encuestados evangélicos en niveles de instrucción bajos, con un 53% declarando tener hasta secundario completo. Esta característica podría tener implicaciones en la forma en que la comunidad evangélica percibe y enfrenta la pandemia. La investigación destaca que los discursos apocalípticos sobre el COVID-19 son más aceptados entre aquellos con menores niveles de instrucción, lo que sugiere una relación entre la educación y la interpretación espiritual de la crisis sanitaria.

En cuanto a la percepción del nuevo coronavirus, los resultados indican que los evangélicos tienden a combinar explicaciones científicas con perspectivas espirituales. Los discursos apocalípticos, según la encuesta, son más prevalentes entre aquellos con menores niveles de instrucción, lo que podría reflejar la influencia de la educación en la interpretación religiosa de fenómenos complejos como una pandemia.

En cuanto a las fuentes de información confiables, se destaca que la mayoría de los evangélicos considera que las fuentes científicas y médicas son las más confiables. Sin embargo, llama la atención que la autoridad religiosa goza de mayor confianza entre aquellos con menor nivel de instrucción. Esto sugiere que, a pesar de confiar en la ciencia, la comunidad evangélica busca orientación espiritual, especialmente en contextos de crisis.

Los sentimientos experimentados por la pandemia son similares a los del resto de la población, con ansiedad, incertidumbre, miedo y tristeza como respuestas comunes. Sin embargo, lo distintivo es el alto porcentaje de esperanza (93%) reportado por los evangélicos encuestados. Esto resalta la importancia de la fe como fuente de fortaleza emocional durante tiempos difíciles.

En cuanto a las áreas de la vida afectadas por el confinamiento, la encuesta revela que la fe y la familia fueron aspectos que “mejoraron”, mientras que el “trabajo” fue el área que más “empeoró” con un 44% de evangélicos que indicaron verse afectados de manera negativa.

Las prácticas religiosas y su impacto en el bienestar también son elementos destacados en la investigación. Orar, participar en actividades virtuales de la iglesia, escuchar alabanzas, devocionales y prédicas, y leer la Biblia son las prácticas más elegidas por los evangélicos para “sentirse mejor” durante el aislamiento. Estas prácticas actúan como un salvavidas espiritual, proporcionando consuelo y conexión en un momento de distanciamiento físico.

El estudio también destaca el rol fundamental de las iglesias evangélicas durante la pandemia, actuando como agentes de contención espiritual y asistencia social. El cierre de los lugares de culto llevó a una “virtualización” de las iglesias, permitiendo mantener la cercanía con los feligreses y conservar el carácter colectivo de la fe. Además, se resalta la contribución significativa de las iglesias en la asistencia social, especialmente en los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

3.2.- Discurso institucional de las iglesias evangélicas argentinas en la época de pandemia

El artículo “Cristianismo y pandemia en Argentina: Notas sobre la secularización del discurso religioso” de Mauro yFabris,[5] examina la intersección entre el cristianismo y la pandemia en Argentina, destacando cómo las interpretaciones religiosas influyeron en la percepción y respuesta a la crisis sanitaria.

En el contexto de la preocupación por la situación sanitaria y las condiciones socioeconómicas, el texto señala la proliferación de lecturas más generales que conceptualizan la pandemia como una profunda alteración en la relación del ser humano con la trascendencia. Este enfoque va más allá de las dimensiones puramente sanitarias y económicas, sugiriendo que la crisis pandémica ha llevado a una reflexión más profunda sobre la existencia y su conexión con lo trascendental.

El artículo destaca la postura de ACIERA (Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina), que en sus charlas virtuales expresó la idea de que frente al virusse experimentaba un “grado alto de vulnerabilidad, con un sentimiento de miedo global” que solo la religión podía ayudar a sobrellevar. Esta perspectiva resalta el papel de la fe como una fuente de consuelo y apoyo emocional en medio de la incertidumbre y el temor que la pandemia generó en la sociedad argentina.

Asimismo, el artículo aborda una lectura más general sobre la pandemia que critica las versiones antirreligiosas de la modernidad y ciertas dimensiones de la modernidad misma. Esta crítica sugiere una revalorización de lo espiritual como una respuesta frente a la crisis. Se observa, por tanto, un intento de reinterpretar la importancia de lo religioso en el contexto contemporáneo, desafiando las narrativas secularizadoras predominantes.

Un elemento significativo resaltado en el informe es la promoción de una antropología humana más integral que incorpora lo religioso como una dimensión esencial y constitutiva. Esto implica reconocer lo religioso no como una entidad separada o ajena a la experiencia humana, sino como un aspecto ineludible que contribuye a la comprensión completa del individuo y su relación con el entorno.

4.- La potencialidad de la iglesia

4.1.  Potencialidad espiritual como comunidad de fe

La iglesia es una comunidad que se distingue por una confesión de fe. Según Padilla, la iglesia es “la comunidad que confiesa a Jesucristo como Señor de todo y de todos”.[6] En este sentido, las bases fundacionales sobre las que la iglesia está asentada son, indiscutiblemente, espirituales. Esta concepción de la espiritualidad de la iglesia implica que su función primaria y fundamental es también espiritual, ya que todo lo que hace debería estar mostrando el señorío de Cristo al mundo.

Esto nos plantea, entonces, un par de preguntas básicas: ¿Qué significa mostrar el señorío de Cristo al mundo?, es decir, ¿qué significa ser una comunidad en misión?, ¿cómo articular una pastoral que muestre a Cristo y acompañe desde la realidad de las personas y no se escape por una espiritualidad descontextualizada?

La misión, para que tenga solidez espiritual, debe estar apalancada por el significado de la vida de Cristo y su obra de redención. Es así como la encarnación, la vida, la muerte, la resurrección y la parusía se tornan los elementos distintivos que nos proporcionan las bases de la misión de la Iglesia.

El señorío de Cristo es el fin de un proceso que comienza con su humillación (Filipenses 2.5-11). En esto vemos cómo la encarnación nos habla del amor y del despojo, de la intencionalidad de comprometerse con una realidad diferente hasta el punto de morir. En este proceso no sólo vemos el despojo sino también el sufrimiento, la empatía, la humildad, la obediencia. Es en a partir de ese proceso de humillación que viene la exaltación. No podemos pasar directo a la exaltación y glorificación de la resurrección sin antes estar completamente al servicio del mundo al que servimos para su redención.

El señorío de Cristo no es un mensaje ni una actitud que está por encima de la sociedad, sino que es un proceso que se demuestra al predicar y vivir el evangelio, es decir que Cristo encarnó, vivió en humildad y servicio a los más desfavorecidos y los pobres, sufrió y murió a causa del Reino y Dios Padre lo resucitó y vendrá a reinar. Este es el mismo camino espiritual de la iglesia como comunidad de fe en misión.

4.2.- Potencialidad institucional como componente social

Si tenemos claridad en lo que significa la vida y obra de Cristo para la misión de la iglesia, entonces podemos observar fácilmente que conjuntamente a la espiritualidad de la iglesia existe una responsabilidad social. La iglesia tiene, quiera o no, una expresión en la sociedad en la que está inserta.  Coincidimos con Moltmanncuando dice que “toda forma histórica de la iglesia sufre la impronta de su entorno concreto” y que “la comprensión de la iglesia a partir del proceso del Espíritu no puede ser, por consiguiente, espiritualista y conducir a un menosprecio de la forma que adopta públicamente la vida de la iglesia”.[7]

Si pudiéramos abstraernos de la concepción o función espiritual de la iglesia y realizar un análisis como institución que contribuye al entramado social, podemos rescatar una serie de elementos que la dotan de un alto potencial para el desarrollo de las comunidades a la que pertenecen. La iglesia, como institución (es decir, mirándola desde una óptica más secular), desempeña un papel significativo porque es un factor social relevante. La iglesia sirve como un punto de encuentro para la formación de comunidades cohesionadas. Proporciona un espacio donde los individuos comparten creencias, valores y prácticas comunes, fomentando un sentido de pertenencia y conexión social.

La iglesia contribuye a la formación de la ética y moral en una sociedad al proporciona un marco de convivencia basado en principios religiosos cristianos que influyen en el comportamiento individual y colectivo de sus miembros. Muchas iglesias participan activamente en programas de asistencia social, proporcionando ayuda a los necesitados a través de servicios como bancos de ropa, bolsones de alimentos, refugios, atención médica y otros programas de ayuda comunitaria.

Las iglesias están involucradas en la educación espiritual de sus miembros. Además, pueden ofrecer programas educativos que van desde la enseñanza religiosa hasta la formación en habilidades prácticas, contribuyendo al desarrollo personal y comunitario. La iglesia puede actuar como un agente de cohesión social al reunir a personas de diferentes trasfondos socioeconómicos, étnicos y culturales bajo un propósito común.

Sin duda, como queda reflejado en el estudio de Mosqueira y Carnival, las comunidades de las iglesias brindan apoyo emocional y espiritual a sus miembros en tiempos de necesidad, incluyendo servicios de consejería, oración comunitaria y redes de apoyo social.

Esta responsabilidad social es también una responsabilidad espiritual, es decir, forma parte de ella. La manera de servir a la comunidad de manera que la comunidad conozca el evangelio es a través de un testimonio que se da en la vida pública y social. Moltmann también dice que la comunidad de fe “intenta realizar con sus propias fuerzas las posibilidades sociales, políticas y culturales de una época de acuerdo con su misión, a fin de que los hombres, a través del perfil concreto y público que ella les ofrece se vean confrontados con la libertad de Cristo y sean invitados al reino mesiánico”.[8]

4.3.  Potencialidad política como organización de las bases

En esta acción en el mundo es inevitable hablar políticamente. La política se puede definir de diversas maneras según el contexto, pero en términos generales, se refiere a la actividad o proceso mediante el cual se toman decisiones para organizar y dirigir una sociedad.

La acción política, por otro lado, se refiere a la participación activa de individuos o grupos en el proceso político. Esto implica la expresión de opiniones, la búsqueda de apoyo para ideas o propuestas, la participación en elecciones, la influencia en la toma de decisiones y la implementación de políticas y leyes. Esta acción política puede llevarse a cabo de diversas maneras, como a través de la participación en partidos políticos, el activismo social, la movilización ciudadana, entre otros medios.

Según estas definiciones, todo movimiento social de la iglesia termina siendo político. La iglesia, al activarse en medio de la sociedad está planteando una manera de concebir la sociedad y las relaciones. En su análisis de las causas por las que los evangélicos no estaban abiertos de participar en política, Pérez Guadalupe señala que “esa fue la manera como se enseñó a los evangélicos latinoamericanos a enfrentar la perspectiva del futuro: no prestar mucha atención a lo que ocurre en la historia, ya que las realidades verdaderamente significativas son las que están fuera de este mundo”.[9] Sin embargo eso está cambiando a partir de una mayor conciencia tanto del significado de la misión de Cristo y de la iglesia como del contexto histórico en la que ella se desarrolla.

La potencialidad como institución y elemento social puede ser un puntapié inicial para el desarrollo de la iglesia como dispositivo político. Pero esta política primero debe estar orientada a organización y movilización de las bases, a la resolución comunitaria de problemas existentes y a la inspiración para el desarrollo de una comunidad transformada. En este sentido, y tomando como antecedentes los diversos fracasos en Argentina[10], no creo oportuno precipitar el desarrollo o armado institucional de política partidaria. Los esfuerzos deberían focalizarse para priorizar el desarrollo de la acción política de base, es decir, la política que moviliza el cambio.

Los vectores directrices de la política cristiana deberían estar apalancados en una teología política bíblica y situada en la realidad latinoamericana y argentina. La usina de ideas de una política evangélica para la creación de una identidad política y social debería ser fundada a partir de pensamientos y valores rescatados desde los elementos epistemológicos de las Escrituras y debería estar sedimentada en instituciones de base que tengan poder social real. Esta puede ser la única manera de generar una plataforma para una política partidaria evangélica relevante.

5.- Ejes de acción para la pastoral y la comunidad de fe

A partir de todo lo desarrollado, podemos comenzar a erigir marcos y ejes de trabajos que colaboren para una comprensión profunda de los desafíos sociales, económicos y espirituales que enfrentan las comunidades, especialmente en el contexto de la pastoral evangélica en Argentina postpandemia. Esta comprensión debe inducir a la acción.

5.1.  Acciones contingentes y de mediano plazo

La acción de la iglesia, en general, en la época de pandemia y postpandemia ha sido una acción orientada a la contingencia y al asistencialismo. Esto, por supuesto, es atinado y correcto en el período de la emergencia. Se han articulado enormes cantidades de colaboraciones solidarias y ayuda social y espiritual. La migración de los servicios religiosos a la virtualidad ha posibilitado la comunicación y la contención espiritual.

Sin embargo, es necesario advertir que el período de postpandemia presenta una situación de mediano plazo que es necesario abordar con elementos que se ajusten a las demandas estructurales. Por supuesto es deseable y necesario mantener elementos asistencialistas que contengan la contingencia de los realmente desfavorecidos y precarizados, pero es necesario pensar otras soluciones que intenten resolver el problema de fondo. Si bien no será la iglesia sola la que modifique los problemas económicos estructurales, si puede trabajar desde la comunidad de fe, de manera que todos sus participantes mejoren su calidad de vida y alcancen a otros en estas mejoras hasta lograr masa crítica.

En el análisis de la población evangélica se ha detectado que el sentimiento más común era la esperanza, por otro lado, el ámbito de la vida mas afectado negativamente es el área laboral. Hemos esbozado el análisis en el que concluimos que hay alta correlación entre la calidad del empleo (su precariedad) y el nivel de educación y preparación del estrato social evangélico mayoritario. Esto nos acerca dos potentes conclusiones: la esperanza cristiana es el “driver” espiritual sobre el cual poder apalancar los discursos, mensajes y trabajos a realizar en el futuro, y las áreas mas destacadas a trabajar a nivel social a mediano plazoson la educación y la calidad del empleo.

La teología latinoamericana siempre se destacó por estar profundamente arraigada en la realidad social, por reconocer e intentar trabajar sobre las desigualdades sociales y económicas que existen en la región. La pandemia ha exacerbado estas disparidades, afectando de manera desproporcionada a los más vulnerables. Desde la esperanza, la pastoral evangélica debe abordar las raíces estructurales de estas desigualdades y trabajar hacia una transformación social que promueva la justicia y la equidad.

La educación se percibe como una herramienta clave para la transformación social. La pastoral evangélica puede abogar por un enfoque educativo que no solo abarque aspectos académicos, sino que también promueva valores éticos, solidaridad y conciencia social. Se necesitaría una educación que empodere a las comunidades para afrontar los desafíos de la vida y apunte a fortalecer la calidad de las posibilidades de acceso a fuentes laborales más calificadas.

Necesitamos abordar discursos que colaboren en la toma de concienciaen un enfoque esperanzado y dinamizador acerca del trabajo, que respete la dignidad humana y promueva la solidaridad, social y económica. En este contexto, la pastoral evangélica puede fomentar indirectamente a la comunidad a tener iniciativas económicas que prioricen la inclusión, la sostenibilidad y el bien común, desafiando estructuras que perpetúan la explotación, el disgregamiento y la pobreza.

Con el grupo empresario que existe en la comunidad evangélica se debería trabajar la conciencia evangélica de la generosidad, del altruismo, del respeto por la dignidad, etcétera, mientras se articulan programas de alto impacto económico. Con el grupo de asalariados se debe trabajar el amor y respeto por la tarea, el servicio, la responsabilidad, la cultura del esfuerzo, etcétera. Con los jóvenes se debería fomentar y apoyar el espíritu emprendedor y la excelencia educativa, pretendiendo que los jóvenes accedan a cada vez más altos niveles educativos y formativos. Por otro lado, hay un grupo de gente que necesita articular con instituciones educativas para mayores o talleres sociales de oficio de modo que puedan mejorar la precariedad de su situación.

5.2.  Acciones de largo plazo

La esperanza, desde la teología latinoamericana, no es simplemente optimismo, sino una confianza profunda en la presencia activa de Dios en medio de las luchas humanas. La pastoral evangélica puede enfocarse en fortalecer la resiliencia espiritual y comunitaria, ofreciendo apoyo emocional, recursos espirituales y promoviendo una fe que inspire acciones concretas en la construcción de un futuro más justo y solidario. La teología y la pastoral latinoamericana abrazó históricamente la opción preferencial por los pobres y la participación activa en la transformación social. La pastoral evangélica, en este contexto, se necesita involucrar en acciones concretas que aborden las causas fundamentales de los problemas humanos de manera integral, trabajando en colaboración con otras comunidades de fe y también con organizaciones sociales e instituciones abocadas a la salud y la educación. En este sentido, debería trabajar para ser innovadora y adaptarse a las nuevas realidades, lo cual implica repensar una pastoral que sea sensible a las necesidades cambiantes espirituales, pero también sociales, políticas, culturales, económicas, etcétera.

El aspecto espiritual, sin dudas, es el elemento de trabajo primario de la iglesia en general y de la pastoral evangélica en particular. Pueden aprovecharse los deseos de cambio de la sociedad, los deseos de arraigarse a los valores intrínsecamente más puros del ser humano como son la vida, el amor, los afectos y relaciones. El sentido de la vida es un excelente catalizador de la búsqueda de Dios y, si bien no es el fin último del mensaje del evangelio, sí podemos bucearen esta necesidad para fomentar el mensaje de amor y esperanza que nos propone el evangelio, es decir, para poner la esperanza del evangelio en la agenda y la conciencia social. Esta esperanza está acompañada de un soporte teológico-teleológico relevante y cristocéntrico, de una enorme vocación de servicio con base en el amor y de una praxis transformadora que sea capaz de consumarla.

A largo plazo, entonces, es necesario generar una cultura que tenga al mundo como horizonte de acción. Las estructuras de poder que movilizan las dinámicas sociales son elementos que también deben ser redimidos por la cruz. En eso, la iglesia debería tomar mayor protagonismo, amar al mundo a fin de trabajar en el mundo para transformarlo.

6.- Conclusión

Como conclusión final podemos resumir lo dicho anteriormente y presentar ejes de acción genéricos (pero concretos) que pueden seguir siendo desarrollados: (1) que la esperanza es el elemento clave para dinamizar una reconstrucción estructural que aborde los problemas sociales más profundos de la comunidad evangélica de mediano plazo: calidad de la educación y del trabajo para fortalecer las bases socioeconómicas; (2) que para eso la iglesia debe ampliar el marco de su campo de misión abarcando lo espiritual y también lo social e incluso lo político; (3) que la iglesia tiene un mensaje que dar al mundo, un mensaje poderoso de salvación y redención, lleno de esperanza y de sentido,  y que promueve la alegría y la dignidad de la vida; (4) que estos trabajos deben articularse de manera comunitaria, rompiendo la mirada individualista y fomentando la expresión y la acción genuina del amor en la comunidad evangélica y, por supuesto, en la comunidad en general; y (5) que se necesitaría desarrollar un liderazgo generoso, amplio y colectivo que genere cohesión social y masa crítica.

7.- Referencias

[1] Salvia, Agustín, Poy Santiago, Pla, Jesica Lorena [comps.] (2022), La sociedad argentina en la pospandemia, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

[2] Ibidem, págs.193ss.

[3]Balsa, Javier (2021), Identidades, experiencias y discursos sociales en conflicto en torno a la pandemia y la pospandemia, Red ENCResPA, DOI: 10.54871/cl23p20g

[4]Mosqueira, Mariela, Carnival, Sebastian (2020), Fe y pandemia: Resultados preliminares de la primera encuesta a personas evangélicas durante el confinamiento por COVID-19 en Argentina. CONICET, CREER, ISSN 1515-7466.

[5] Mauro, Diego, Fabris, Mariano (2021), Cristianismo y pandemia en Argentina. Notas sobre la secularización del discurso religioso en Comparative Cultural Studies: European and Latin American Perspectives 13: 103-117, DOI: 10.36253/ccselap-12763, ISSN 2531-9884 (online)

[6] Padilla, René &Yamamori Tetsunao (2003), La Iglesia local como agente de transformación, Kairós, Buenos Aires, pág. 28

[7]Moltmann, Jürgen (1978), La Iglesia, fuerza del Espíritu, Sigueme, Slaamanca, pág.343.

[8] Ibidem.

[9] Pérez Guadalupe, José Luis (2018), Evangélicos y poder en América Latina, IESC-KAS, pág. 37.

[10] Ibidem, pág. 60-61