Mariano Corica, Julio 2024
La Shemá, El amor a Dios como principio rector de la ley
Es interesante primero lograr un entendimiento profundo del significado de las palabras en ambos idiomas. Sabemos que la visión semítica del hombre tiende a unificar al ser como una ente armónico e interrelacionado, mientras que el pensamiento griego tiende a separar y fragmentar al hombre despojándolo de esa unicidad y conexión que hay entre cuerpo-alma-espíritu.
En esta unicidad que plantea la visión antropológica semítica del Deuteronomio nos hace que tengamos que revisar esa interpretación que pide “amar a Dios en cuerpo, alma y espíritu” para ir a una comprensión más integral, porque, si bien esta quizás no sea del todo errada, puede no ser del todo completa.
Una paráfrasis en hebreo sería: “Amaras al Señor tu Dios con toda tu humanidad, con todo tu ser y deseo, con tanta vehemencia que no puedas más.”
Una paráfrasis en griego sería: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma (entendimiento, emocionalidad, voluntad), con toda tu vida, con todas tus posibilidades.”
Da la sensación de que la expresión en hebreo es mucho más intensa que la griega, porque involucra las profundidades (incluso insondables) del ser, con sus anhelos, aspiraciones, con sus capacidades, con vehemencia, con una implicancia física vital.
En el llamado de Dios a su pueblo en la Shemá, Dios está intentando establecer, en estos versículos, el centro de la ley y su revelación al pueblo de Israel, es decir: el marco según el cual deben interpretar toda la ley, queriéndoles hacer entender que la esencia de Israel como pueblo está en el amor recíproco entre ellos y Dios. Este amor debe ser incondicional, profundo, insondable. Implica una entrega total, un vaciamiento, una disposición completa. Así mismo implica un compromiso de Dios hacia ese pacto de amor y obediencia.
Vemos en estos versículos que la vida del hombre tiene sentido en el amor de Dios y en el amor a Dios. El hombre encuentra la vida en la relación de amor con Dios, que se da mediante la fe. Por eso la implicancia que tiene la ley para nosotros en el amor y la fe, donde cumplimos la ley basados en el amor a Dios y en el amor al prójimo. Estas capacidades no las tendríamos si no fuera por la posibilidad de la nueva naturaleza que Dios nos da al creer en Cristo, al derramar su amor en nuestros “corazones” por su Espíritu (Romanos 5.5).
Viendo la imposibilidad del hombre de llegar a sostener este altísimo honor y privilegio, viendo que el hombre realmente no podía amar a Dios por causa de pecado, Dios muestra su amor al morir por nosotros. El amor de Dios se mostró en la obra redentora de Cristo a fin de dar al hombre una nueva naturaleza, un nuevo corazón capaz de recibir el amor de Dios y, con esta nueva potencia, amar a Dios de ese mismo modo.
Amar a Dios con toda la vehemencia posible es el resultado de haber comprobado, también, el amor de Dios; es la búsqueda incesante y porfiada de la presencia de Dios, de las fuentes mismas de la vida y de la plenitud, es la búsqueda de la santidad para no estar nunca lejos de él, es la conciencia viva de la de la comunión y la gloria que está puesta delante de nosotros en el amor a Dios.
Corazón (leb)
La palabra “leb” o “libb” es una palabra común a todas las lenguas semíticas, incluido el hebreo, que nos remite a “corazón”, “lo más interno”, “el núcleo”.
En el orden antropológico, en consonancia con la cosmovisión hebrea de entender al hombre como un ser indivisible (cuerpo, alma, espíritu), las referencias que se hacen en el uso de esta palabra aluden al hombre completo, específicamente al centro del hombre: se menciona con connotaciones que refieren al corazón como órgano físico, “el pecho”, pero también con connotaciones hacia el centro del alma y el espíritu.
Físicamente, hace referencia al centro de su cuerpo, el corazón como órgano central de la vida, como la fuerza de la vida, incluso como la potencia sexual. (Génesis 18.5; Jueces 19.5-8; Job 31.9; Salmo 104.15; Proverbios 6.25, etcétera).
En el aspecto emocional, se utiliza la palabra como el lugar de los sentimientos como dolor, alegría, ánimo, miedo, etc. (Éxodo 4.14; Deuteronomio 20.3-8; Josué 2.11; Jueces 16.25; 1 Samuel 1.8; Salmo 13.3; 25.17; 34.19; Proverbios 14.10; Isaías 1.5; 7.2; 24.7; 57,15; Jeremías 4.18; 15.16; Lamentaciones 1.20, etc.),
En el aspecto cognitivo, la idea de “entender una cosa” puede indicarse por la palabra “leb”: verbo + preposición + “leb” (Éxodo 7.23; 9.21; 1 Samuel 4.20; 21.13; etc.), el hecho de “recordar” se entiende como “volver a pasar por el corazón”, “volver a conocer en el corazón” y tiene lugar en el “leb” (Deuteronomio 4.9; Salmo 31.13; Isaías 33.18; 65.17; Jeremías 3.16; etc.). La inteligencia también tiene lugar en el “leb” (Deuteronomio 8.5; Job 17.4; Proverbios 2.2; Ezequiel 7.2; etc.), la capacidad de juzgar críticamente un asunto (Josué 14.7; Jueces 5.15; Ezequiel 2.1-3.15), la prudencia jurídica (1 Reyes 3,9; 2 Crónicas 19,9). El “leb” llega a comprender la esencia del tiempo y su devenir (Eclesiastés l.16; Salmo 90.12).
En el aspecto volitivo, el “leb” es sede de la voluntad y de la facultad decisoria (2 Samuel 7.2; 1 Reyes 8.17; Isaías 10.7; Jeremías 22.17; etc.). El hombre toma y responde con sus decisiones en el “leb”, entonces puede tener el sentido de “conciencia” (Génesis 20.55; 1 Samuel 24.6; etcétera).
Como dijimos, en esta concepción del hombre, el “leb” abarca todas las dimensiones de la existencia humana. El término abarca la totalidad de lo que el hombre es en sí mismo, incluyendo sus profundidades. La expresión “beleb” (con sufijo personal) acompañando a un verbo de pensamiento o de habla se refiere a pensamientos que uno guarda para sí y no los comunica a los demás. También el sueño, que saca a la luz las más recónditas y escondidas regiones del hombre, tiene lugar en el corazón. La sabiduría afirma que el ‘leb’ es insondable.
Vemos por todo esto que la traducción más acertada para “leb” es la que tiene que ver con la esencia del hombre, el hombre mismo en todo su ser. Esto clarifica la visión y conceptualización semítica del hombre como un ser único que es cuerpo-alma-espíritu, que no se pueden dividir, que es complejo y profundo.
Alma (nefesh)
Esta palabra ha sido normalmente traducida como “alma”, sin embargo, podemos ver que tiene una traducción más amplia. El término hebreo lo asocia también al ser humano, más que al alma en sí, específicamente asociado al ser y al aliento de vida. Vemos otra vez esta visión semítica de entender al hombre como un todo interrelacionado.
En lo físico, la palabra alude a la garganta, la base de la lengua y el paladar, donde están los sentidos del gusto, a la glotis, a la laringe, la faringe y el esófago. (Salmo 107.5 y 9; Proverbios 6.16; 10.3; 16.24; 27.7; Eclesiastés 6.7-9; Isaías 5.14; Jeremías 2.24; 3.12-15; Habacuc 2.5; etc.) Este significado es muy importante, porque para los semitas en la garganta se realizaba el comer, el beber, el respirar. La garganta era, pues, en definitiva el asiento donde se localizaban las necesidades elementales de la vida.
Por otro lado, “nefesh” puede traducirse como anhelo, un deseo no saciado. Esta interpretación puede darse en virtud los versículos que buscan el “nefesh” fuera de su propia persona. (Génesis 34.2; Deuteronomio 12.15-20; 14.26; 1 Samuel 2.16; 2 Samuel 3.21; Reyes 11.37; Proverbios 13.2; 16.26; 23.2; Miqueas 7.1; etc.) El deseo del “nefesh” siempre es ávido y encuentra su límite en la saciedad de un determinado apetito.
Pero cuando nos referimos al “nefesh” como alma, debemos ver que entramos en una traducción que es más amplia que las anteriores. Implica una serie de sentimientos, es decir, donde esos sentimientos se presentan (Génesis 42.21; Job 30.2; Salmo 6.3; 31.8; 42.6; 43.5; Isaías 53.11; Jeremías 4.31; Jonás 2.8; etc.) Si bien es amplio, esta traducción como “alma”, no va más allá del campo de movimientos emocionales.
Una visión aún más amplia es cuando “nefesh” se traduce como “vida”. El significado alude a la vida misma del hombre (2 Reyes 1.13; Ester 7.3; 1 Reyes 3.11; Jonás 4.3; 1 Reyes 19.4; Éxodo 4.19; 1 Samuel 20.1; 22.23; 23.15; 25.29; 2 Samuel 4.8; 16.11; 1 Reyes 19.10-14; Jeremías 4.30; 11.21; 38.16; Salmo 40.15; 2 Samuel 19.6; 1 Reyes 1.12; etc.) En estos pasajes se alude claramente a la vida “nefesh” que hay en el hombre.
El significado más amplio que la palabra puede tener (y también el más sugerente) es el que se le da cuando se traduce “nefesh” por “persona”. Esta traducción da un nuevo sentido, ya que el hombre “es nefesh” y no que “tiene nefesh”.
En los pasajes anteriores “hayyim” (vida) y “nefesh” podían traducirse, por el contexto, como sinónimos. Pero hay pasajes en donde no se puede traducir “nefesh” como sinónimo de “hayyim” dado que se hace referencia al “nefesh” como poseedor del “hayyim”: al “nefesh” le pertenece “hayyim”. (Levítico 17.10 y 15; 20.6; 22.4; 23.10).
En relación con la Shemá, vemos que se pide al hombre amar a Dios con todo el “nefesh”. Esto involucra todo el ser, la persona, el aliento de la vida y sus necesidades vitales más profundas en todos sus aspectos. La implicancia de esta forma de ver es muy profunda porque, otra vez, el hombre tiene que amar a Dios con todo lo que es, tiene que tener un deseo insaciable de amar a Dios, de buscarlo, de inclinarse hacia él en una búsqueda continua que se realiza con todo el ser.
El ser halla saciedad en el amor de Dios. Esta visión es poderosísima porque el mandato de amar a Dios deja de ser una obligación y pasa a ser una necesidad del espíritu, un anhelo profundo, un apetito intenso de volver a pertenecer a aquél lugar de donde el aliento del hombre salió. (cf. Génesis 2.7 – Deuteronomio 6.5).
El hombre llegó a ser un “nefesh” viviente que debe amar a Dios con todo su “nefesh”. Esto nos ayuda a entender que este “debe” en realidad es lo que le conviene hacer en virtud de la relación que hay entre él y Dios. Dios creó al hombre como un “nefesh” para que el hombre vuelva ese “nefesh” hacia él en una relación de amor, en una conexión profundamente íntima.




