Juan 8.31-32; Juan 14.6; 1 Juan 2.6
En una materia del Instituto, nos propusieron leer un texto del teólogo escocés Juan Mackay (quién también fuera pastor y misionero en Latinoamérica). El texto era la transcripción de una serie de conferencias dictadas en 1953 y publicadas en un libro cuyo título en español es «Realidad e idolatría en el cristianismo contemporáneo». Me asombró la vigencia del texto, a pesar de sus casi 80 años.
Una de las tesis propuestas por Mackay es que las ideas, o doctrinas, pueden convertirse en un ídolo. En sus palabras: «Las consecuencias de convertir en ídolos datos o ideas cuya función es servir de instrumento para conocimiento de la realidad, resultan desastrosas. […] Una iglesia cristiana ha de estar posesionada por la verdad, y no poseedora de ella (sic) […] Porque la verdad cristiana no es algo que se pueda poseer, es algo que tiene que poseernos a nosotros.» (Mackay, 1970)
Cuando la idea o la doctrina reemplaza a la verdad que la sustenta, se vuelve un ídolo. Mackay nos invita a reflexionar acerca de nuestra posición con y hacia la verdad. Para nosotros, los cristianos, no hay ninguna duda que la verdad está absoluta y totalmente determinada en Cristo, sin embargo, no podemos confundir esto con nuestra apropiación de la verdad. No nos apropiaremos absolutamente de la verdad, ni la asimilaremos completamente en esta vida, por lo tanto, no es prudente que transformemos algún dogma o interpretación en una cuestión inamovible y acabada.
En la medida que caminemos con Jesús, conoceremos la verdad. Jesús nos dice que lo hacemos cuando permanecemos en sus palabras. Y este permanecer es un caminar: mientras caminamos y permanecemos en el camino, guiados por sus palabras, conocemos la verdad. Jesús también asocia la verdad con el camino y la vida, y lo hace en relación directa y unívoca con su persona. Recuerdo las palabras de Miguez Bonino al respecto, cuando analiza la relación entre verdad y praxis: «La palabra de Dios no consiste en una comunicación conceptual sino en un evento creativo, en un pronunciamiento que se historiza y crea historia. Su verdad no reside en su correspondencia con una idea sino en su eficacia para llevar a cabo la promesa de Dios o para cumplir su juicio.» (Miguez Bonino, 1977).
Mackay nos propone que la verdad debe cobrar vida, que debe encarnarse, que debe realizarse: «la verdad cristiana tiene que manifestarse en la obediencia a la voluntad del Señor, en la acción, en la vida.» (Mackay, 1970). En este sentido, se entiende cómo es que la verdad nos posee a nosotros: cuando, como consecuencia de su asimilación y acción en nuestro interior, llega a transformarnos de tal modo que también transformamos nuestra realidad de acuerdo a la voluntad de Dios. Esta experiencia con la verdad es la que nos permite reconocerla y estar seguros de que es verdadera: porque la verdad, a medida que la vamos asimilando, nos transforma para ser y andar como Cristo.
Esta experiencia con la verdad es la que nos permite reconocerla y estar seguros de que es verdadera: porque la verdad, a medida que la vamos asimilando, nos transforma para ser y andar como Cristo.
Cuando una pretendida verdad no puede salir de la idea que comunica, no solo demuestra que no tiene eficacia, sino que, más importante, demuestra que es una mentira. El problema es sumamente grave cuando, atesorando ideas estériles, idolatramos a la mentira no permitiéndonos a nosotros mismos acceder a la verdad de Dios, es decir, no permitimos que el Espíritu Santo nos guíe a Cristo para caminar con él, como él, en él.
Bibliografía:
- MACKAY, Juan, Realidad e idolatría en el cristianismo contemporáneo, Buenos Aires, La Aurora, 1970.
- MIGUEZ BONINO, José, La fe en busca de eficacia, Salamanca, Sígueme, 1977.




