Números 11
Este es un capítulo lleno de enseñanzas, que nos pueden ayudar a prepararnos para servir mejor. Sacamos provecho de, al menos, cuatro aprendizajes:
1.- Es imposible llevar adelante la tarea que Dios nos da, si no lo hacemos «en el Espíritu», es decir, siempre dependiendo de Dios y estando bajo su guía, cuidado y protección; y no confiando demasiado en nuestras propias capacidades.
En general, las tareas que Dios nos encomienda son siempre dignas de él. No creo que sea posible llevarlas adelante sin que él nos sostenga. Una de las cosas más importantes en esto es comprender que, si Dios no nos ayuda a hacer su obra, si no permanecemos bajo su mano y su poder, si no sacamos de él la fuerza necesaria, tarde o temprano desfalleceremos bajo el peso de tan tremenda responsabilidad.
Si uno asume la tarea como exclusivamente propia, la carga será abrumadora. En esto es necesario, siempre, depender de Dios. Creo que uno puede errar el camino cuando se sale del concepto: «somos colaboradores de Dios» (1 Co. 3.9). Vemos que la angustia de Moisés radicaba en que el llegó a pensar que era su completa responsabilidad hacer que el pueblo de Dios estuviera bien. Pero él había sido encomendado para traer la liberación que venía de la mano de Dios y para guiarlos a la tierra prometida.
En un momento determinado, Moisés creyó que él podía solo, dejó de oír a Dios y empezó a oír al pueblo. Esto le trajo como consecuencia cierta confusión respecto a su llamado, respecto a los límites de la tarea que Dios le dio, respecto a la capacidad real que él tenía, como hombre, de cumplirla. En este sentido, vemos que Moisés llega a cuestionar a Dios y responsabilizarlo de que «le había hecho mal». El privilegio que Moisés tenía de ser el elegido de Dios para dar libertad a Israel llegó a ser, para él mismo, como una maldición. Moisés incluso llegó a pedirle a Dios que lo matara.
2.- Es necesario compartir la carga con personas que tengan un mismo llamado y un mismo espíritu. Dios le pidió a Moisés que trajera ante él a setenta varones de los ancianos de Israel. Estos eran aquellos que ayudarían a Moisés en la tarea, pero, antes de eso, debían tener un mismo espíritu.
Sin dudas, estos ancianos de Israel eran un grupo que ya estaba formado, que ya existía. Moisés los había reunido antes, en Egipto, para comunicarles que Dios le había encomendado liberar a Israel y que necesitaba de su ayuda (Ex. 3.16, 4.29-31). Pero luego, en el proceso que siguió, pareciera que Moisés no contaba con ellos como una ayuda real, quizás nunca la había pedido. Sin embargo, ahora, Dios le recuerda que alrededor de él había personas preparadas, capaces, con la sabiduría y la madurez suficiente para acompañarlo de ahí en adelante.
Una cosa faltaba: un mismo espíritu. Dios mismo era quién puso en los setenta de aquél espíritu que había en Moisés. Esto trajo a Moisés el descanso de necesario, esto le garantizaba a Moisés que iban a ser como un solo hombre frente al pueblo de Israel. Dios, quién había llamado y capacitado a Moisés, ahora también llamó y capacitó mediante su Espíritu a setenta varones que podían ayudarlo.
Quiero destacar la actitud de Moisés cuando Josué le pide que calle a los dos que, si bien no estaban presentes entre los setenta, también estaban manifestando la presencia de Dios. Esto nos da la pauta de que, lejos de estar celoso o molesto, Moisés los validó.
3.- Dios provee todo lo necesario. Cuando hacemos la obra de Dios, debemos descansar en que el proveerá todo lo necesario. Pablo les dice a los corintos en su segunda carta: «Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra.» (2 Co. 9.8).
El que es llamado por Dios debe confiar en que todo lo que Dios quiere hacer es posible, y lo es justamente porque Dios es quién tiene su voluntad puesta en eso. Dios capacita y sostiene a quienes esperan en él para hacer su obra. Este pensamiento es hermoso, y deberíamos apoyarnos en él cada vez que sintamos nuestro corazón desfallecer a causa de la incertidumbre. Dios provee los recursos a medida que depositamos nuestra confianza, nuestra fe y nuestras expectativas en él. Aún cuando las cosas se salgan un poco de control, aparezcan imprevistos, la carga se haga pesada, podemos ir a Dios a buscar todo lo que necesitamos. Él no nos deja solos en la obra que quiere que hagamos.
4.- El verdadero secreto de un ministerio eficaz es la potencia del Espíritu. Por último, el punto más importante y como conclusión, vemos que nada podemos hacer por nosotros mismos, sino que necesitamos de la potencia del Espíritu Santo para hacer la obra que Dios nos ha encomendado.
Si Moisés dependió de Dios para sacar a Israel de la esclavitud, y Dios se manifestó con un poder tan impresionante en cada una de las plagas y en la apertura del Mar Rojo, entonces Moisés debería confiar ciegamente en Dios en el transcurso del camino hacia la tierra prometida.
Es el poder del Espíritu Santo lo que hace que un ministerio sea eficaz y fructífero. Por supuesto que Dios nos ha dado dones y talentos, que el hombre debe poner su parte, es decir, buscar a Dios, vivir en santidad, no descuidarse en la profesión de los ejercicios espirituales, etcétera, sin embargo, todo eso sin la manifestación y la dependencia del Espíritu Santo, no tendría sentido. Pero si el Espíritu Santo es puesto primero, si confiamos y descansamos en él, si le dejamos hacer su obra, nuestro trabajo será deleitoso y hemos de comprobar el sentido y la plenitud que hay en ser aquellos dignos colaboradores de Dios en su obra.




