By: Mariano Corica On: 20 diciembre, 2023 In: Devocionales Comments: 0

La cruz es un hito fundamental en la obra de redención. Es allí donde el Jesús, Dios encarnado, puede salvar a la humanidad. Miguez Bonino dice que “el símbolo central de la fe cristiana es la cruz, es la afirmación más rotunda de esta decisión de Dios de estar con los hombres. Tan en serio ha tomado Dios su compromiso con el ser humano en la realización de este proyecto que no vacila en arriesgarse a participar de la vida humana aun en su pobreza y su fragilidad, incluso hasta la muerte.” (Miguez Bonino, 1975 pág. 19)

El Cristo crucificado no nos representa, solemos decir los protestantes. Hay una especie de alergia que se dispara frente a la cruz si no está vacía, frente a la que aún sostiene al crucificado. Muchas veces, pasamos por alto la cruz para ir directo a la resurrección. Como quien está ansioso por ver el final, adelantamos los capítulos, saboreamos la victoria y decimos: ¡vencimos! Nos identificamos con el triunfo demasiado rápido. Pues hagamos un alto. Es cierto que no hay dignidad ni honor en el sufrimiento del rechazado, solo hay soledad, muerte y desprecio. Pero no puede haber esperanza fuera del hecho de que el pecado debe ser destruido en función de la justicia.

No pocas veces hacemos énfasis en el amor que Dios tiene por su propia gloria. Dios ama su gloria y él todo lo hace para su gloria. Sin embargo, el Dios de la gloria se despojó a sí mismo por amor. Dios ama su gloria pero, en Cristo, amó más al ser humano. El Dios aséptico cae ante el Dios crucificado, el desnudo, el bañado en sangre, el perforado y abierto en carne viva. El amor de Dios no es solo para sí mismo, es, también y más aún, para los hombres. Lamentablemente sucede que quienes solo se enfocan en la gloria de Dios y su glorificación terminan despreciando al ser humano. Una correcta apreciación de la cruz puede devolver el sentido a la noción de que Dios, en realidad, se despojó de su gloria por amor.

El crucificado es el débil, el impotente, el que tiene en su propia carne las marcas de su humanidad falible. Toda la tensión de la angustia de muerte se intensifica en la humanidad del Dios que está por ser crucificado. Jesús fue el que estaba invadido de “temor y tristeza” (Marcos 14.33 NVI), el “herido de Dios y abatido” (Isaías 53.4 RV60), “el que no fue perdonado” (Romanos 8.32 LBLA), fue “el abandonado” (Mateo 27.46 NTV). Coincidimos con Moltmann cuando describe la muerte de Jesús como una muerte trágica, agobiada y violenta: “Jesús murió, indudablemente, con todos los síntomas de un profundo espanto. […] Jesús murió con los signos y manifestaciones de un profundo abandono de Dios.” (Moltmann, 1975 págs. 208-209)

Ahora cabe la pregunta acerca de si Cristo era realmente consciente de su resurrección, es decir, ¿su muerte fue una muerte aceptada porque tenía una garantía inconmovible de resurrección? Esta pregunta es fundamental para comprender cabalmente la experiencia de la muerte del Dios-hombre. Su respuesta es imprescindible para poder fundamentar nuestra fe. Existe la posibilidad de que el crucificado no tuviera garantías acerca de su resurrección. Si bien él había predicado y anunciado su resurrección, puede que no haya tenido una certeza fuera de la fe. Si la experiencia del crucificado hubo de ser la nuestra, entonces su muerte era materialmente el fin de todo. La esperanza de la resurrección era para él, como para nosotros, una esperanza fundada en la fe.

¿Cómo puedo identificarme con Cristo en esa muerte? La única manera de hacerlo es la fe. Sino, sería retórico el verso que dice que Cristo es “el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12.2). Pero la realidad de que él es autor y consumador de la fe está anclada en el mismo hecho de que confiaba que iba a resucitar, pero solo en virtud de la fe que ejerce quién conoce y cree a Dios. Al actuar esta fe en él mismo, viene a ser el consumador de la fe y la garantía que se extiende frente a nosotros de que Dios no nos abandonará. Pero el camino que se recorre está lleno de sufrimientos y vicisitudes y sólo podemos sostenernos en una fe que es en todo igual a la que tuvo Jesús.

El abismo está cerca, la muerte, la finitud, la imposibilidad, la quietud en la que todo duerme inerte para siempre, el silencio que se abre para devorarlo. Cristo fue abandonado en el último momento de su sufrimiento. ¿Es el “consumado es” (Juan 19.28-30) la trágica entrega de la desesperanza? El grito final muestra, entonces, la posibilidad de no tener un futuro. El abandono de Dios es la clave de esta verdad. La conciencia de la soledad de la muerte expone la contingencia cierta del fin de todo, de la derrota. Pero él sólo se pone en las manos del Dios que le ha abandonado. Rompe la barrera del abandono divino y la muerte inminente para abrazar, mediante la fe, la posibilidad y consumación de la vida. Y Dios no lo defrauda.

 

Bibliografía

Miguez Bonino, José. 1975. Espacio para ser hombres. Buenos Aires : Ediciones La Aurora, 1975.

Moltmann, Jürgen. 1975. El Dios crucificado. Salamanca : Sigueme, 1975.