Romanos 6.4-13; 8.9-13
La fe recupera su potencia cuando creemos en el hecho histórico de la resurrección, pero, yendo más allá (porque la discusión no es si la resurrección es un mito o no), el tema central es cómo se manifiesta la realidad de la resurrección, cómo opera en nosotros y para qué.
No se trata, entonces, de demostrar que Cristo resucitó, sino de que la resurrección (es decir, el poder de la resurrección) opera en nosotros para mostrarnos la verdad de la nueva vida. La única manera de demostrar que Cristo resucitó es mostrar que él vive en nosotros. Esta nueva vida se manifiesta poderosa al vencer al pecado y a la muerte. Hay una clara esperanza escatológica que nos da la resurrección (1 Tes. 1.10, 4.14-16), sin embargo, la absorción de la muerte en la victoria de la resurrección ya se manifiesta desde y en esta vida presente, cuando demuestra su victoria sobre el pecado.
La vida en resurrección es posible gracias a que el Espíritu de Cristo, el mismo que lo resucitó a él, vive y obra en nosotros. La vida del Espíritu es una realidad espiritual que no puede abstraerse y, a pesar de que el cuerpo físico corrupto está destinado a la muerte y que el espíritu ya vive a causa del poder de la resurrección, este cuerpo condenado a muerte será vivificado como también el cuerpo de Cristo fue vivificado y glorificado; desde ahora, este cuerpo es miembro de justicia a y causa de la justicia obra las obras de Dios. La vida y la muerte operan en el creyente: la muerte de Cristo mediante la cual muere al pecado, la vida de Cristo mediante la cual vive para Dios.
Hay una concordancia en el pensamiento del primer siglo entre los apóstoles, es fácil ver la unidad entre Santiago y Pablo, entre fe y obras, entre verdad y praxis. Es necesario que se muestre la fe en una praxis concreta que manifieste la verdad, que abra el camino de la libertad que el evangelio promete, que llene de esperanza y transforme las vidas y también la realidad de un mundo sumido en el pecado. Si la verdad del evangelio es verdadera, entonces no puede dejar de florecer en concretamente en toda vida y sociedad que lo experimente.
El concepto metafísico de “la verdad”, herencia del dualismo griego, no puede seguir sosteniéndose más. La verdad no puede aislarse de la realidad. La sociedad del S.XXI exige probar aun lo que nos resulta abstracto. En ese sentido, es la praxis de la verdad la que realmente manifiesta a la verdad. La verdad debe encontrarse materializada en la historia y no ser un concepto propio “del mundo de las ideas”. Si existe tal cosa como “la verdad”, debe materializarse.
Cuando la fe se aplica a la verdad, entonces toma la fuerza necesaria para llenarse de sustancia. Frente a las exigencias contemporáneas de nuestra sociedad ya no podemos hablar acerca de la verdad en términos exclusivamente metafísicos (porque son considerados conceptos vacíos),entonces, la única manera de manera de hacerlo es mostrar el impacto de la resurrección en la historia humana. Esto está absolutamente claro para Pablo, quien entiende que “el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Cor. 4.20) y que el evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1.16).




