Mariano Corica, Noviembre 2023
1.- Objetivos e introducción
En esta monografía abordaremos la temática de la esperanza en la cristología latinoamericana. Intentaremos hacer este trabajo rescatando la visión de algunos de los más destacados teólogos latinoamericanos que se enmarcaron en la denominada Teología de la Liberación, como lo son Gutierrez, Sobrino, Boff, Alves, Miguez Bonino y Tamez.
Por supuesto, por cuestiones de espacio y amplitud, la monografía estará orientada a dar un pantallazo general. Aun así, quisiéramos rescatar la significancia de la esperanza en el pensamiento cristológico de la Teología de la Liberación.
En el tejido de la teología latinoamericana, la esperanza emerge como un hilo vital que une las reflexiones cristológicas de destacados pensadores. Desde la perspectiva católica, Gustavo Gutiérrez nos dice que la esperanza se enciende en la liberación de los oprimidos convirtiéndose en la fuerza motriz que impulsa la búsqueda de un reino de justicia. Jon Sobrino, por su parte, nos invita a contemplar a Jesucristo como la fuente misma de una esperanza liberadora que llama a la acción comprometida por la justicia social en el amor. Leonardo Boff nos conduce por un camino donde la esperanza moviliza una acción política transformadora, modelada por la fe en un Dios activo en la historia y en la inspiración de Jesucristo como arquitecto de un mundo más justo.
Desde la mirada protestante, Rubem Alves nos sumerge en la conexión profunda entre la esperanza y la persistente búsqueda y creación de un futuro mejor, incluso en medio de las adversidades. José Míguez Bonino nos presenta la esperanza como uno de los motores que impulsa la obediencia cristiana y la transformación social desde la fe, como una respuesta comprometida ante las injusticias, basada en la convicción de la acción liberadora de Dios en la historia. Finalmente, Elsa Tamez nos anima a resistir la condena del pecado afirmándonos en la esperanza que da la libertad obtenida por Cristo en su muerte y resurrección.
Este diálogo entre Gutiérrez, Sobrino, Boff, Alves, Miguez Bonino y Tamez nos invita a explorar las múltiples facetas de la esperanza en la cristología latinoamericana, entendiendo cómo cada autor trenza su visión única en el tapiz de una fe que busca la transformación y la justicia en la realidad concreta de América Latina.
2.- Gustavo Gutiérrez: “Esperanza escatológica en la promesa de liberación”
Gutiérrez, en su Teología de la liberación, plantea un panorama mundial social actualizado a la época en la que escribe. En ese momento, luego de la Segunda Guerra Mundial, el mundo había entrado en un proceso de transformación comandado por EEUU, país que tuvo un liderazgo hegemónico. De este modo, el planteo del desarrollismo que se impone en los países latinoamericanos en las décadas del 50 y 60, agrava exponencialmente una situación de opresión y dependencia que ya existía. Al tomar conciencia respecto de esta situación, Gutiérrez llega a la conclusión de que el proyecto latinoamericano es inviable en esas condiciones. Habiendo hecho un diagnóstico, entonces, Gutiérrez propone una revolución social inspirada en la liberación. Políticamente hablando, rechaza el capitalismo y se define por la opción marxista socialista. (Gutiérrez, 1975 pág. 114ss.)
Sin embargo, hablando desde la fe, Gutiérrez reconoce que el problema viene de una situación de injusticia: es un problema ético-moral, y dice: “lo que mueve, en última instancia, a los cristianos a participar en la liberación de los pueblos oprimidos y de las clases sociales explotadas es el convencimiento de la incompatibilidad radical de las exigencias evangélicas con una sociedad injusta y alienante.” (Gutiérrez, 1975 pág. 189)
A partir de aquí, Gutiérrez busca elementos de la fe que sustenten al cristiano en la lucha por una sociedad más justa. La esperanza en las promesas de redención se torna un pilar decisivo en su propuesta. La realización escatológica de la historia está fundamentada en la promesa que Dios hace y, en ese sentido, luego de argumentar que las promesas ya cumplidas de Dios son la garantía de una esperanza firme de aquellas que aún no se cumplieron (ya pero todavía no), nos dice: “La esperanza en nuevos gestos de Dios está basada en la ‘fidelidad’ de Yahvé: en la firmeza del amor por su pueblo, que se manifiesta en las iniciativas precedentes en su favor.” (Gutiérrez, 1975 pág. 217)
Pero, para Gutiérrez, la esperanza no puede estar puesta fuera de la historia, es decir, las promesas de Dios se cumplen en la historia y los agentes históricos son movilizados mediante la esperanza a actuar en ella en nombre de Dios. Por eso,
“Esperar no es conocer el futuro sino estar dispuesto, en actitud de infancia espiritual, a acogerlo como un don. Pero este don se acoge en la negación de la injusticia, en la protesta contra los derechos, humanos conculcados y en la lucha por la paz y la fraternidad. Es por ello que la esperanza cumple una función movilizadora y liberadora de la historia. Función no muy aparente, pero real y profunda. […] Pero esto solo será así si la esperanza en el futuro echa raíces en el presente”. (Gutiérrez, 1975 págs. 284-285)
Así, la parusía de Cristo es el cumplimiento completo de la promesa que, sin embargo, debe encontrar a la Iglesia caminando en la esperanza escatológica. Y este caminar no es sino el trabajo de realizar la promesa, de buscar el cumplimiento de la redención y de la habitación absoluta de Dios en el mundo:
“La esperanza en la ‘parusía’ es un elemento integrante de nuestra vida de fe. La segunda venida del Señor -sobre la que poco se reflexiona- no es una cuestión marginal o susceptible de ser tratada por preterición. La ‘parusía’ es la plenitud de la presencia de Dios en la historia, y de la historia en Dios. Antes de ella, hay un itinerario, estamos en una marcha hacia la realización de la promesa. Con la encarnación hemos ingresado a la plenitud de los tiempos, pero ella no se ha consumado, el cuerpo de Cristo está presente en la historia, la comunidad eclesial es prolongación de Cristo. El tiempo de la Iglesia es el del proceso de la habitación de Dios en la historia”. (Gutiérrez, 1983 pág. 56)
“Hablar de Dios desde el sufrimiento y las esperanzas de los pobres Ese es el desafío en América Latina. Cómo encontrar un lenguaje sobre Dios que eche sus raíces en la pobreza injusta en que viven las grandes mayorías (clases sociales explotadas, razas despreciadas, culturas marginadas). Pero que sea al mismo tiempo un discurso que se alimente de la esperanza que levanta un pueblo que se pone de pié para lograr su liberación. Ese es el humus en que el don gratuito de la fe ha caído. Desde allí dará fruto en obras”. (Gutiérrez, 1983 pág. 89)
La esperanza es la tierra fértil en la que Dios germina la redención. El desafío de la teología es encontrar las categorías que permitan articular la esperanza y la acción partir del dolor y la opresión, pero a favor de la vida, porque “la esperanza que surge en medio del dolor es afirmación de la vida”.(Gutiérrez, 1983 pág. 91)
3.- Jon Sobrino: “Jesús resucitado, esperanza encarnada de los crucificados”
El pensamiento de Sobrino respecto de la esperanza es amplio. Como todos los teólogos de la liberación, la praxis ocupa un lugar privilegiado. La esperanza cristiana moviliza a la acción en el mundo en pos del cumplimiento de la promesa. Sin embargo, hay una arista que Sobrino muestra muy especialmente. Para Sobrino la esperanza está determinada completamente en la resurrección de Cristo.
La esperanza no es algo abstracto, no es algo que se espera sin más, sino que la esperanza ha sido encarnada en Jesús. Jesús es “acontecimiento y verdad fundamental para la fe cristiana […] el resucitado es el crucificado” (Sobrino, 1982 pág. 235). La vida de Jesús, y sobre todo su resurrección, es la esperanza del mundo y la esperanza en el mundo. El triunfo de la justicia de Dios sobre el escándalo de la injusticia de la muerte toma en Jesús un cuerpo, y este triunfo que se da en la resurrección es garantía de la esperanza de todo aquel que renuncia a sí mismo y se entrega a la fe y al otro sufriente:
“También para la esperanza en la propia resurrección vale la universal fórmula evangélica de olvidarse de uno mismo para recobrarse cristianamente. Aquel para quien su propia muerte sea el escándalo fundamental y la esperanza de superviviencia su mayor problema, no tendrá una esperanza cristiana, ni nacida de la resurrección de Jesús; tendrá una esperanza centrada en sí y para sí mismo, lo cual es comprensible, pero no necesariamente la esperanza cristiana. Aquello que descentra nuestra propia esperanza para hacerla en verdad esperanza cristiana es tomar como absolutamente escandalosa la muerte actual de los crucificados.
“Dios resucitó a un crucificado, y desde entonces hay esperanza para los crucificados de la historia. Estos pueden ver en Jesús resucitado realmente al primogénito de entre los muertos, porque en verdad y no sólo intencionalmente lo reconocen como el hermano mayor. Por ello podrán tener el coraje de esperar su propia resurrección y podrán tener ánimo ya en la historia, lo cual supone un ‘milagro’ análogo a lo acaecido en la resurrección de Jesús”. (Sobrino, 1982 págs. 239-240)
Los crucificados de la historia que acogen al crucificado se estrechan en una relación directa con él y con otros crucificados. Este es el descentramiento al que mueve la esperanza cristiana. La muerte a sí mismo se evidencia en “la lucha decidida, perseverante, verdaderamente ‘contra esperanza’, en favor de la vida de los crucificados” (Sobrino, 1982 pág. 239) porque para ellos es la esperanza de la resurrección, es decir, a ellos se ofrece la esperanza cristiana como un don y como una misión. Sobrino sigue diciendo que “el creyente es alguien que tiene esperanza en base a la resurrección de un crucificado. Por ello mismo, a la esperanza cristiana le compete el escándalo de que haya un crucificado y de que exista una historia crucificada” (Sobrino, 2000 pág. 205).
Y hay aún otro lúcido pensamiento de Sobrino al respecto de la esperanza: que el cimiento de la esperanza cristiana está en el amor de Dios y no tanto en su poder; es decir, que la esperanza puede descansar en el amor de Dios porque es el amor y no el poder el que inspira la esperanza en el mundo. Solo el amor es capaz de compartir la posibilidad. El amor participa al oprimido en la resurrección y, al hacerlo, hace nacer la esperanza. Por eso decimos que la esperanza no descansa sólo en del poder de Dios, que resucitó a Cristo, sino en el amor que comparte la resurrección al ser humano. Este amor se ofrece muy especialmente al ser humano que vive en condición de despojado, despreciado, envilecido, oprimido, crucificado. Sobrino deja claro que la esperanza cristiana es cierta en el amor y no una mera especulación del poder. Podemos afirmar, de la mano de Sobrino, que el amor es el que engendra la esperanza:
“El puro poder no genera necesariamente esperanza, sino un optimismo calculado. El amor, sin embargo, transforma las expectativas en esperanza. El Dios crucificado es lo que hace creíble al Dios que da vida a los muertos, porque lo muestra como un Dios de amor y, por ello, como esperanza para los crucificados”.(Sobrino, 1982 pág. 243)
4.- Leonardo Boff: “La acción política como expresión de la esperanza del Reino de Dios”
En la misma línea de Sobrino, Boff cimenta la esperanza en la persona de Cristo: “La esperanza cristiana no se orienta a la cruz sino al Crucificado porque él ahora es el Viviente y el Resucitado”. (Boff, 1978 pág. 18) Esté énfasis en Cristo como centro de la esperanza cristiana da sentido a la vida de los que sufren y esperan: “Dios mostró que ser crucificados de este mundo tiene un sentido último, tan ligado a la vida que no puede ser devorado por la muerte”. (Boff, 1978 pág. 18)
La esperanza que se muestra en este proceso es completamente histórica y es presente, sin embargo, está ligada íntimamente al devenir escatológico. La historia, si bien está abierta, tiene un rumbo claro y está llena de vida. Este rumbo está señalado en un sentido utópico y está delimitado en un extremo porla predicación, es decir, el contenido del mensaje de Jesús acerca del Reino y, en el otro, por las esperanzas que este mensaje despierta en el corazón del hombre. El Reino vino a este mundo y no a otro, de modo que las esperanzas que trae el mensaje del Reino se realizarán en la historia de este mundo. Nos dice:
“Jesús predicó el Reino de Dios y no a sí mismo. El Reino constituye la palabra-esperanza, la realidad del mundo y del hombre, pecadora y decadente, transfigurada, reconciliada y sanada desde su raíz por la venida de Dios. Reino no significa el otro mundo, sino este mundo ahora convertido en señorío pleno de Dios […] Esta esperanza, que arranca del fondo utópico pero pro-fundo del corazón y de la historia, es constituida en objeto de la predicación de Jesús”. (Boff, 1978 pág. 74)
“La esperanza cristiana se presenta como una profecía sobre el hombre orientada hacia un cumplimiento en el futuro que se anticipa y se prepara en el presente”. (Boff, 1978 pág. 161)
La clave de la esperanza, para Boff, está en la doble realidad del Reino de los cielos predicado por Jesús. Si bien Jesús no se predicó a sí mismo, el Reino de los cielos tiene potencia de realización a partir de la resurrección de Cristo. Jesús es vocero y actor principal en las esperanzas que genera la venida del Reino de los cielos. Así, la resurrección es el anticipo que abre una esperanza segura en lo que vendrá.
En este sentido, el Reino tiene dos aspectos claramente discernibles que anclan y dirigen la historia:
“La liberación de Jesucristo asume así un doble aspecto: […] Por una parte proclama la esperanza total en el nivel de lo utópico futuro, y por otra la hace viable en el presente. […] Por una parte el Reino ya está en medio de nosotros, ya está fermentando dentro del viejo orden, y por otra es todavía futuro y objeto de esperanza y de construcción conjunta del hombre y de Dios”. (Boff, 1978 págs. 32-33)
El reino de Dios posee esencialmente una dimensión de futuro no alcanzable por la praxis humana y es objeto de la esperanza escatológica. El reino de Dios no es sólo futuro y utopía. Es un presente y tiene concreciones históricas. Por eso hay que concebirlo como un proceso que empieza en el mundo y culmina en la escatología final. En Jesús encontramos la tensión dialéctica entre la proposición de un proyecto de total liberación (reino de Dios) y las mediaciones (gestos, actos, actitudes) que lo traducen progresivamente en la historia. Por una parte, el reino es futuro y vendrá; por otra, es presente y ha llegado ya. (Boff, 1981 pág. 27)
Así la esperanza futura es utopía, tracción de la realización de las más profundas alegrías de los hombres expresadas en la realidad de su acontecer histórico. Pero la “utopía” idealizada que emana del mensaje del Reino se transforma en “topía” completamente realizable, que tiene su fuerza en el advenimiento de Jesús y su obra.
“Con la expresión ‘reino de Dios’, Jesús articula un dato radical de la existencia humana, su principio ‘esperanza’ y su dimensión utópica. Y promete que ya no será utopía, objeto de ansiosa expectación (cf. Lc 3,15), sino topía, objeto de alegría para todo el pueblo (cf. Lc 2,9). Por eso, sus primeras palabras de anuncio son: ‘Ha terminado el período de espera. El reino de Dios está cerca. Cambiad de vida. Y creed en esta alegre noticia’ (Mc 1,14)”. (Boff, 1981 pág. 257)
En este contexto, la utopía es la esperanza futura para la realización (topía) de la esperanza presente; el presente se transforma en germinación de la esperanza escatológica que impulsa a la liberación de la historia. El amor tiene una motivación que se despliega desde la esperanza de la liberación que vendrá, porque ya ha sido adelantada en la resurrección. Sin embargo, este amor tiene que abrirse paso en la historia de modo que pueda concretarse. Según Boff, este camino es político, y lo es porque la responsabilidad de transformar el mundo es del hombre nuevo, que ha asumido en sí mismo las esperanzas del mensaje del Reino.
“Esta liberación debe entenderse como un amor que ha de sacrificarse muchas veces; como una esperanza escatológica que debe pasar por esperanzas políticas; como una fe que debe avanzar tanteando, pues el hecho de ser cristianos no nos da la clave para descifrar los problemas políticos o económicos”. (Boff, 1981 pág. 35)
“La cristología que proclama a Jesucristo liberador quiere comprometerse con la liberación económica, social y política de los grupos oprimidos y dominados. Pretende hacerse eco de la trascendencia teológica que tiene la liberación histórica de las grandes mayorías de nuestro continente y se dice a sí misma: así se debe pensar; ésa es la ruta por donde debe orientarse la praxis”. (Boff, 1981 pág. 14)
En el pensamiento de cristológico de Boff, las esperanzas utópicas se transforman en realidades a través de la acción política que imita la acción de Jesús y confía en la victoria firme de la resurrección: “La resurrección es el sentido final de la insurrección por el derecho y por la justicia”. (Boff, 1978 pág. 18)
5.- Rubem Alves: “La esperanza en la creación de futuro”
El desarrollo histórico está muy presente en la cristología de Alves. La vida, la muerte y la resurrección de Cristo provocan una irrupción en la historia que la transforma para siempre. La resurrección habla acerca del poder de Dios para modificar el curso de la historia a su favor, crea un nuevo camino allí donde todo parecía estar cerrado. Esta intervención de Dios es la que posibilita la esperanza.
Esta esperanza, sin embargo, es vivida más como una tensión hacia la posibilidad de abrir el futuro que como una expectativa. La esperanza en tensión se traduce en espera activa, en lucha, en un abono que prepara la tierra para hacerla fecunda.
Vivir a la luz de la resurrección implica abrazar la posibilidad de liberación mediante un poder que surge de la confrontación con el sufrimiento. La esperanza desafia al sufrimiento. La resurrección no solo representa un renacer, sino también una llamada a la participación activa en y contra los sufrimientos del mundo. En palabras de Alves:
“El lenguaje de la resurrección, entonces, se refiere a aquello que podemos esperar de la historia, como siendo penetrada, liberada, revivida por la libertad de Dios para la historia. Se dirige a la posibilidad del acontecimiento del NOVUM, de la creación de lo nuevo. La esperanza es posible dentro de este contexto. Vivir a la luz de la resurrección es vivir en una tensión escatológica, a la espera del acontecimiento del nuevo sujeto y del futuro nuevo. Mas se debe decir que la resurrección se opone radicalmente a cualquier tipo de triunfalismo, porque el poder de la resurrección es la dinámica de la cruz. Por lo tanto, el hombre es obligado a participar en los sufrimientos de Dios en el mundo.Donde se oprima y destruya al hombre, ahí Dios será crucificado y muerto. Mas en el contexto de la esperanza, el sufrimiento pierde su poder para hacer desesperar al hombre, y se torna un No fertilizante, a partir del cual los poderes del cautiverio son destruidos para dar lugar a un nuevo futuro de liberación”. (Alves, 1970 pág. 200)
Ahora bien, la intervención divina en la resurrección no implica, para nada, que Dios sea quién actúe sin participación del ser humano. La responsabilidad, en cuanto es histórica, es responsabilidad que queda limitada a la esfera de lo humano. Lo que la resurrección nos viene a decir es que, aún frente a la muerte, no está dicha la última palabra, que aún podemos esperar actuando por y para la libertad.
La esperanza toma consistencia en la acción que busca la libertad. Esta tensión es la que genera que el futuro se oriente hacia esa libertad. Es decir, la acción que se desarrolla a favor de la libertad crea futuro y manifiesta esperanza. Si el motor de la acción no se enciende, la esperanza no existe. En este sentido, podemos entender que la esperanza viene a ser un alimento positivo de la acción para la libertad en la creación de futuro. De otro modo, sería una ilusión. Alves dice:
“La esperanza debe ser el lenguaje de lo posible, […] no se puede confundir la esperanza con la fantasía o la ilusión, ya que ésta deriva de la historia y encara aquello que es posible en la historia, gracias a la experiencia del pasado. […] La esperanza, pues, expresa lo que es posible para la historia y, por lo tanto, aquello que puede volverse histórico a través de la actividad de la libertad. […] En otras palabras, no es suficiente decir que la libertad se abre camino hacia el futuro en la historia; la esperanza surge cuando somos capaces de ver cómo la libertad se desarrolla en su camino”. (Alves, 1970 págs. 155-156)
Alves desarrolla el concepto de mesianismo humanístico como el poder del hombre de crear futuro. Este futuro no está determinado si no es germinado mediante la acción presente. La acción de hoy hace nacer un futuro determinado en cierta dirección. De este modo, el poder de la acción presente moviliza un futuro que no está predicho, que es maleable, que busca sobre todo en el presente las coordenadas de su posibilidad. El hombre nuevo “tiene esperanza porque actúa”. (Alves, 1970 pág. 217)
6.- José Míguez Bonino: “Esperanza que pone la fe en acción”
El enfoque de Miguez Bonino en cuanto a la esperanza es pragmático. Sigue el curso trazado en función de la acción necesaria para generar esperanza. Sin embargo, esta esperanza también está cimentada en la resurrección. El enfoque, al igual que la mayoría de los teólogos de la liberación, está en resolver la injusticia en este mundo, pero en Miguez Bonino se hace explícita la relación entre la vida antes y después de la muerte, es decir, la historia no termina con la muerte pero tampoco empieza con ella: hay una continuidad de la vida que pasa por la muerte y esta continuidad es una esperanza fundamentada en la resurrección de Cristo. Nos dice:
“Hay una vida humana y hay una historia humana antes de la muerte, en este mundo, porque Dios es amor. Y por eso hay también una vida humana y una historia humana más allá de la muerte y más allá de este mundo. Esta es la naturaleza y el fundamento de la esperanza cristiana”. (Miguez Bonino, 1990 pág. 64)
No es posible, entonces, utilizar la esperanza en el más allá para despreciar la vida del más acá. Por el contrario, la vida antes de la muerte ejerce una responsabilidad de obediencia que se sustenta en la esperanza de la vida que viene. Esta obediencia es praxis, praxis histórica que determina y genera un rastro en la historia. De este modo, la esperanza en el mas allá imprime un sentido a la vida terrenal de modo que se vive el presente con esperanza, y la manifestación de esa esperanza presente es una fe activa que obedece y vive de acuerdo a la vida de Dios:
“La obediencia cristiana, ciertamente entendida como praxis histórica y por lo tanto encarnada en una mediación histórica (racional, concreta) incorpora, sin embargo, una dimensión que, utilizando lenguaje cristológico, no puede ser ni separada de esa mediación ni confundida con ella”. (Miguez Bonino, 1977 pág. 124)
Esta afirmación parece sugerir que la obediencia cristiana incorpora una dimensión histórica y otra cristológica. La obediencia refiere a seguir en la práctica los principios y enseñanzas de Cristo. Pero esta obediencia se hace histórica, entonces, no es estática ni atemporal sino que está contextualizada o mediatizada. La mediación histórica de la praxis, sin embargo, no implica que la obediencia este directamente conectada con la fe y la esperanza. La intervención del lenguaje cristológico en la afirmación hace referencia a una praxis centrada en Cristo. Esto es: la obediencia cristiana no solo se trata de cumplir reglas éticas, sino de hacer historia en relación con la persona, las enseñanzas y las obras de Jesús. Podemos concluir que la obediencia cristiana tiene una conexión intrínseca con la historia y también posee una identidad particular centrada en Cristo.
Esta conclusión es profunda, porque la obediencia cristiana inspirada en la esperanza de la resurrección se ofrece sin límites a la realización histórica de la fe. Por un lado no hay quien pueda condenar sus actos y por otro no hay miedo a la muerte. El compromiso total que implica la obediencia cristiana puede profundizarse hasta el punto de tener la certeza de que se puede entregar la vida por Cristo, porque hay esperanza de vida en la vida presente y aún más allá de la muerte. Miguez Bonino ofrece este concepto de la siguiente manera:
“El cristiano puede ofrecer su praxis al fuego de la crítica total e irrestrictamente, en la confianza en la libre gracia, así como puede ofrecer su vida total e irrestrictamente, en la esperanza de la resurrección”. (Miguez Bonino, 1977 pág. 126)
7.- Elsa Tamez: “La esperanza en la justificación como resistencia a la condena”
En el texto que analizamos de Tamez (Contra toda condena) no vemos una centralidad de la esperanza en el desarrollo de la hipótesis principal. Pero, aunque no sea central, es un tema que se tiende lo suficiente para entender cómo interviene en la justificación y en la libertad otorgada por Cristo.
Hay elementos cristológicos claros (como la resurrección) que impactan de lleno en la esperanza. La condena y la ira son superadas en el amor y en la justificación que Cristo ofrece a partir de su muerte y su resurrección. La esperanza está depositada en la resurrección, de modo que, así como Cristo resucitó, los que creen recibirán una nueva vida:
“Pero esta fe, para que resulte eficaz ha de fundarse en una esperanza sólida, en algo que no solo se cree verdadero, sino que es verdadero. […] La fe recurre a la esperanza de lo imposible -no por eso falso; en términos bíblicos equivale a creer en la resurrección de los muertos, o en el Dios que resucita a los muertos”. (Tamez, 1991 pág. 168)
La esperanza de esta vida nueva, sin embargo, no se limita a los aspectos de la vida personal del creyente, sino que se extiende hasta la justificación de las estructuras que organizan las sociedades. En otras palabras, la esperanza del que ha sido justificado se asienta en la justificación personal, pero se despliega hacia la esperanza de una justicia que transformará la sociedad completa, desde sus elementos relacionales más constitutivos hasta el propio cuerpo sometido a corrupción. Tamez nos dice:
“La esperanza-fe del creyente habitado por el Espíritu del resucitado está en que él recibirá la vida así como Jesús, el primero de muchos, la recibió (cp. 1Co. 15). Pero como resurrección hace referencia a recreación, transformación, nueva vida, concordamos con Miranda cuando afirma que ‘… el fundamento de la esperanza consiste en que la justicia de Dios ya está en la tierra y es la que va a transformar al mundo y todas sus estructuras civilizatorias -inclusive a los cuerpos…’ Y, nosotros añadimos que quien la va a realizar es el ser humano porque ha sido justificado (hecho y declarado justo) por gracia y fe”. (Tamez, 1991 pág. 131)
El fundamento de este pensamiento tiene que ver con la relación entre el mal y la justificación. El alcance del mal es tan amplio y profundo que la justificación debe ser, al menos, igual de amplia y profunda. Para resolver el problema del mal en su alcance cósmico se hace necesaria una justificación que pueda ir hasta sus confines.
El mal, en su expresión sistémica, abarca las estructuras de poder. En este sentido, hay oprimidos y opresores, hay víctimas y victimarios. Estos sistemas de poder condenan a la muerte real a los oprimidos al robarle toda esperanza y expectativa de vida. Tamez analiza la propuesta de Pablo en el libro de Romanos para comprender o significar cómo las comunidades en Roma manifestaban esta esperanza. Es la resurrección la que, como vimos, provee una base sólida para la justificación, de tal manera que toda autoridad para establecer una condena, sea espiritual, social, económica, política, etcétera, pierde su eficacia en aquél que cree. La justicia que Cristo logra en la cruz es una justicia completamente abarcadora, que libera efectivamente de toda condena.
“De manera que la salida que Pablo propuso a las comunidades de su tiempo para fortalecerles su esperanza en un mundo que amenazaba la vida de los excluidos, pueblos y personas, fue, por un lado, la de hacer ver que todo sistema que sigue una lógica de pecado como la expresada aquí, ha sido condenado y no tiene ninguna autoridad para seguir condenando; y por otro lado, la de recalcar la buena noticia de otra lógica que tiende al bienestar de la vida de todas las personas y pueblos porque está cimentada en la justicia: esa es la lógica del Espíritu “. (Tamez, 1991 pág. 134)
A partir de la toma de conciencia de esta amplia esperanza, podemos decir que hay en el creyente una vocación para la vida que supera a la muerte. Esta es la esperanza de la victoria final: que la muerte será derrotada y que la resurrección es el anticipo de ese hecho.
Sin embargo, Tamez recuerda que la conciencia de la victoria da esperanza en medio de la oscuridad del sufrimiento. Hay un contacto con las ideas de Gutiérrez y Alves, dado que la esperanza toma dimensiones reales cuando se transforma en el vehículo que transporta a la fe desde la muerte hacia la resurrección.
“Teniendo esta fe en esta esperanza de vida plena, se llega a la conclusión de que vale la pena vivir, defender la vida y luchar por ella. Por lo tanto la fe no es vana (1 Co. 15.14), porque se cree en el poder de Dios vencedor de la muerte. Pero no hay que olvidar que partimos desde una realidad dolorosa que tiene presente la cruz pero que, por lo mismo, se proyecta activamente hacia un futuro lleno de esperanza. ‘La resurrección es hija de la cruz’”. (Tamez, 1991 pág. 169)
8.- Conclusión
Habiendo ya presentado algunas de las ideas de estos autores al respecto de la esperanza, estamos en condiciones de establecer alguna conclusión. Para eso, seguiremos el hilo que decanta de las presentaciones realizadas a fin de armar un eje crítico reflexivo sobre el tema.
Podemos decir que la esperanza no es el tema central de la teología latinoamericana. Sin embargo, es la dinamizadora de la liberación. Desde Gutierrez hasta Tamez vemos un hilo claro. La esperanza se levanta entre el “ya” y el “todavía no” de la venida del Reino de los cielos de manera que se transforma en una potente fuerza de acción que está buscando continuamente la victoria de Dios sobre el mal. Esta esperanza está anclada completamente en la vida y obra de Jesús, desde donde toma consistencia y desde donde se pregona que el Reino ya está entre nosotros. Pero esa presencia es germinal, es decir, es primicia. La Iglesia tiene el enorme trabajo de realizar esta esperanza en el mundo.
La esperanza se manifiesta como un elemento clave que impulsa a los creyentes hacia la acción transformadora en la sociedad. La conexión entre la fe, el amor y la esperanza se revela en la comprensión de la resurrección como un catalizador que no solo libera a los individuos de la condena, sino que también desencadena una esperanza colectiva de cambio, redención y justicia.
La resurrección se presenta como un acontecimiento histórico que irrumpe en la realidad de la opresión, abriendo un nuevo camino hacia la libertad. La esperanza, en este contexto, se experimenta como una tensión activa, una lucha contra los sufrimientos del mundo. La fe en la resurrección no promueve un triunfalismo ingenuo y deshistorizado, sino que invita a participar activamente en los desafíos de la realidad, enfrentando los mecanismos de opresión y luchando contra los poderes que mantienen a las personas en ese estado.
La esperanza, entendida como un lenguaje de lo posible, se muestra en la acción que está comprometida con la liberación, con realizar la historia de la redención. La tensión escatológica se manifiesta en la espera del nuevo sujeto y el futuro transformado. La muerte y la resurrección de Cristo, son un evento histórico que se convierte en un paradigma para la creación de un futuro diferente, donde la libertad y la justicia son pilares de una nueva humanidad. La muerte y la resurrección de Cristo invitan y potencian a una participación activa en la historia. La esperanza, entonces, toma forma en la acción que busca la libertad, creando un futuro que se alimenta positivamente de la actividad presente. En este contexto, la esperanza no es una ilusión, un poder que es capaz de dar paso a la vida.
El camino que la esperanza nos invita a recorrer junto a ella es, en Latinoamérica, un camino arduo y sufriente. El camino se abre a cada paso, se realiza, se provoca con acciones determinadas por el amor. Esta esperanza se convierte en un vehículo que transporta desde la muerte hacia la resurrección, otorgando significado y sentido a la vida terrenal. La victoria sobre la muerte, expresada en la resurrección, infunde la certeza de que la entrega total en la lucha por la justicia no es en vano ya que la esperanza vence al sufrimiento. La Iglesia debería trabajar para mostrar ese amor desde la debilidad, sabiendo que la promesa de liberación está firme gracias al poder del Espíritu Santo.
9.- Bibliografía
Alves, Rubem. 1970.Religión: Opio o instrumento de liberación. Montevideo : Tierra Nueva, 1970.
Boff, Leonardo. 1981.Jesucristo y la liberación del hombre. Madrid : Ediciones Cristiandad, 1981.
—. 1978.Pasión de Cristo, pasión del mundo. Bogotá : Indo-American Press Service, 1978.
Gutiérrez, Gustavo. 1983.El Dios de la vida. Lima : Departamento de Teología, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1983.
—. 1975.Teología de la liberación. Salamanca : Sígueme, 1975.
Miguez Bonino, José. 1990.Espacio para ser hombres: una interpretación del mensaje de la Biblia para nuestro mundo. Buenos Aires : La Aurora, 1990.
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Sobrino, Jon. 2000.Jesucristo liberador: Lectura histórica teológica de Jesús de Nazaret. San Salvador : UCA Editores, 2000.
—. 1982.Jesús en América Latina: Su significado para la fe y la cristología. Santander : Sal Terrae, 1982.
Tamez, Elsa. 1991.Contra toda condena: La justificación por la fe desde los excluidos. San José : DEI, 1991.




