Este sí es un titulo contundente. No nos equivocaríamos en decir que, como todas las cosas que corresponden a nuestra vida, la evangelización es un trabajo en el cual sólo podemos depender del Espíritu Santo (Hechos 1:8). Es altamente probable que, en el camino que recorremos al cumplir la Gran Comisión, encontremos muchas y diversas experiencias, tanto positivas como negativas. Necesitaremos estrategias espirituales, por eso es necesario que dependamos del Espíritu Santo.
Recordemos el pasaje en Hechos 16:6-10 en el cual el Espíritu se encargó de registrar claramente parte de su rol o su trabajo en la evangelización. En esta breve parte del libro, Lucas nos relata una experiencia asombrosa en cuanto a la intervención del Espíritu Santo en la obra evangelística. Vemos una planificación detallada y sumamente necesaria de parte del equipo, una estrategia clara y certera de aquellos que transmitían el mensaje, y vemos una sensibilidad y dependencia absoluta respecto de este grupo hacia el Espíritu Santo.
Para colaborar con Dios de manera efectiva en esta obra espiritual necesitamos depender del poder y la sabiduría del Espíritu Santo.
Podemos aprender grandes lecciones de estos pasajes:
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- Somos testigos,
- Somos colaboradores,
- Somos responsables de planificar,
- Somos responsables de ir,
- El Espíritu Santo es el que da el poder,
- El Espíritu Santo es el que guía,
- El Espíritu Santo marca las prioridades por encima de nuestra planificación.
¿Qué es lo que el Espíritu Santo quiere hacer? ¿Hacia dónde nos está guiando? ¿Quiénes están necesitando con prioridad del mensaje de salvación? ¿Dónde nos muestra el Espíritu Santo que deberíamos invertir nuestros recursos limitados, como por ejemplo el tiempo?
La sensibilidad es el gran secreto de la eficacia.
Estas son preguntas que debemos hacerle al Espíritu Santo. Son preguntas cuyas respuestas deben sernos lo más claras posible, para poder avanzar eficazmente en la obra de la evangelización.
Conocer la voluntad de Dios requiere de una permanente comunicación con él y de sensibilidad a su voz, para que podamos corregir nuestros pasos hacia donde nos diga. Mientras tanto, caminamos el camino que entendemos que nos ha trazado y planificamos según su voluntad. Eso sí, es probable que Dios no nos muestre el camino si no estamos caminando.




