By: Mariano Corica On: 5 julio, 2022 In: Devocionales Comments: 0

Es sorprendente la simplicidad con la que la obra de evangelización se llevaba a cabo en los primeros tiempos de la Iglesia. A lo largo de los años, las diversas eras y modas quizás nos han llevado a complicar esa simplicidad.

Muchos creen que hace falta un don especial para evangelizar, otros creen que es necesaria una tremenda infraestructura, organización y maquinaria. Dios ha dado (y están en plena vigencia) dones a las personas, a muchas de las cuales ha llamado a ser evangelistas. Ellos tienen un don particular para llevar el evangelio en cualquier lugar, ante pocos o muchos espectadores y con una claridad impresionante. Sin embargo, no podemos negar que esta comisión nos fue dada a todos aquellos que creemos en Cristo. De tal manera que, aún en los Evangelios y en los Hechos, vemos que gran parte de la obra evangelizadora ha sido llevada adelante por personas que no eran especialmente evangelistas, pero si tenían un ardiente amor por las almas y un profundo sentimiento acerca del valor de Cristo y del evangelio de salvación.

Tomemos, por ejemplo, la escena de Juan 1:36-49. Juan derrama su corazón como testimonio a Jesús y proclama «he aquí el Cordero de Dios.» Su alma estaba absorbida por Jesús, el objeto de su fe. Juan conoció verdaderamente al Hijo de Dios. A partir de esta declaración es que dos discípulos lo oyeron y empezaron a seguir a Jesús: Andrés fue quién comunicó el mensaje a su hermano Simón (Pedro) y al día siguiente, al ir a Galilea, Jesús halló a Felipe, quien con total simpleza invita a Natanael a venir a conocerle.

La comunicación personal del evangelio nace de un trato cercano con las personas y así resulta natural invitar a otro a conocer a Jesús. Estamos convencidos que si hubiese muchos como Andrés y Felipe, habría muchos como Simón y Natanael.

En este trato personal debe haber un profundo, sincero y afectuoso interés por el otro, porque es así como se demuestra el amor que dará lugar al Espíritu Santo, para que actúe sobre el corazón.

Este mensaje glorioso, capaz de dar vida, debe ser comunicado. Una de las formas más eficaces de hacerlo es mediante el trato personal, por eso, nos gusta construir relaciones sinceras y comprometidas.

Hay algo que realmente nos conmueve, y es pensar que muchas de las personas que escuchan masivamente el evangelio, e incluso que frecuentan alguna congregación, están en gran oscuridad y pasando por grandes luchas y dificultades espirituales. Muchas de ellas son personas que desean abrir su corazón para recibir alimento espiritual, una palabra que los aliente y les acerque salvación pero que por timidez, reserva u otro motivo no toman la iniciativa para sacar el tema. Ellos luego están solos y sumidos siempre en la misma oscuridad. Es así como debemos estar en la búsqueda, porque somos colaboradores de Dios en el ministerio de la reconciliación.