Es bastante difícil que nuestra predicación esté caracterizada por el poder de Dios y coronada con resultados positivos a menos que esperemos en Él. Deberíamos vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras expectativas para depositar nuestra confianza en Dios.
Dios, por su gracia, ha querido que nosotros seamos sus colaboradores. La oración es la herramienta más poderosa que tenemos para que la obra sea hecha, es la forma más efectiva para colaborar. Al orar por las personas o al interceder para que la luz de Dios sea vista en nuestra comunidad, desatamos la batalla espiritual más trascendente.
Si avanzamos más sobre nuestros pies que sobre nuestras rodillas, ¿hemos de asombrarnos ante los malos resultados? ¿Cómo podría ser de otro modo si dejamos de esperar en Dios? No podemos pretender buenos resultados esperando en el poder de la elocuencia y no en el poder de Dios. Los buenos resultados sólo pueden obtenerse esperando en Dios.
Orar en el Espíritu es mucho más que establecer una lista de necesidades y peticiones. Romanos 8:25-27 nos da tres principios en cuanto a la verdadera intercesión, la oración en el Espíritu: El primero es que somos débiles, el segundo es que nosotros no sabemos orar como conviene por causa de nuestra debilidad y el tercero es que el Espíritu es quien intercede por nosotros. Cuando nos acercamos a Dios en oración nuestra primera actitud debe ser la contemplación, deberíamos esperar humildemente y desde la conciencia viva de nuestra propia debilidad. La segunda actitud debe ser la de escuchar atentamente que cosas el Espíritu quiere hacer y alinear nuestro corazón a ello. En tercer lugar permitir que el Espíritu ore a través nuestro.
El libro de los Hechos (Hechos 1:14; 2:41-42; 4:31; 12:5; 12:12; 21:5) relata al cristianismo en acción por primera vez en la historia de la humanidad. La Iglesia dispuesta con gozo y denuedo a llenar el mundo del mensaje de Cristo. Era vigorosa y flexible, sencilla y profunda, y estaba abierta a Dios de una manera que casi no se ha repetido.
La Iglesia de los primeros tiempos tenía cuatro tareas suficientes que no deben cesar hoy, y entre ellas estaba perseverar en la oración. La obra del Espíritu Santo debe ser anhelada profundamente por nosotros si queremos llevar el mensaje de salvación.
La apertura a lo que Dios desea hacer y la intercesión son los pilares del crecimiento de la Iglesia. La oración es nuestro máximo deber frente a la comunidad que no conoce a Cristo, incluso más importante que esforzarnos por alcanzarla.
Hemos de saber que lo que Dios más anhela es una Iglesia que se entregue a Él. No le interesan tanto los programas, métodos, y nuestros esfuerzos por hacer su voluntad como que su pueblo le busque en oración y le adore.
En cuanto a nosotros, la oración nos hace esperar en Dios, aclara nuestra visión de las cosas para que las veamos como Dios las ve, nos hace descansar en Dios y activa nuestra fe alineándonos a los tiempos y propósitos divinos.
En cuanto a las personas que no han sido alcanzadas por el mensaje de salvación aún, la oración es una de las armas más efectivas que tenemos a disposición. Con la oración podemos bendecir a las vidas de maneras que es imposible con otro tipo de actividad. Si amamos a las personas seguramente desearemos que sucedan cosas que no están a nuestro alcance, entonces oramos para que Dios intervenga.




