Comunicar el evangelio en una era en la que los relatos están bajo sospecha implica la necesidad de responder asertivamente las preguntas que sean relevantes para aquellos con los que hemos de dialogar: el evangelio deberá responder las preguntas que se necesiten responder y hacerlo sin perder pureza. Quien comunique el evangelio debe adaptar el abordaje según el interlocutor. Sólo por mencionar algunos casos, Natanael tenía sus preguntas, el etíope sus otras, las motivaciones de Saulo lo hicieron inquirir de modo particular y, para no ir más lejos, las condiciones en las que cada uno de nosotros ha llegado a Cristo fueron diferentes. Por tanto, la trascendencia del mensaje del evangelio ha de ser tal que cada uno de nosotros pueda ser convencido por el Espíritu y pueda resolver las inquietudes que tiene a fin de entregarse a Dios. El evangelio deberá responder todas las cuestiones (sean intelectuales, emocionales, o de la índole que sean) a medida que el Espíritu germina la fe suficiente en aquél que ha de creer.
Esta capacidad del evangelio de individualizar a su interlocutor y dar respuestas eternas a sus inquietudes individuales y temporales, de convencerlo de su pecaminosidad y de su necesidad de Dios es lo que, a su vez, lo hace trascendente y relevante. No importa en qué época la persona vive, ni en medio de qué influencia cultural está, la profundidad de las respuestas que el evangelio tiene son las que el ser humano necesita recibir en la condición más constitutiva y sustancial de su ser; y, sin embargo, la persona difícilmente le haga lugar si el evangelio no puede acercarse de algún modo que le sea afín, si previamente no se derriban las barreras culturales. La gracia maravillosa de Dios que se extiende en busca del hombre proveerá también las herramientas para derribarlas. Teniendo en cuenta que el Espíritu Santo es quien revela a Cristo, quien convence de pecado y que lo hace como una persona que atrae hacia sí mismo a los que han de creer en él mediante una relación, es lógico que sea dentro del contexto en el que el hombre se encuentra y que, para ello, use a quienes logren identificarse con dicho contexto. Por esto Pablo dice: «¿Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio. Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.»[i]
Es interesante profundizar en este concepto. Pablo entendía muy claramente cuál era su identidad en Dios y podía diferenciarse exactamente de su interlocutor. La seguridad que Pablo tenía respecto a la libertad que el evangelio le había dado en Cristo le hacía capaz de decidir hacerse siervo del otro sin correr ningún riesgo de apostatar de la fe, ni suavizar o predicar otro evangelio. Este servicio no es, de ningún modo, una vocación a rebajar el mensaje, ni negociar su identidad para intentar convencer a alguien, sino una suspensión temporal y voluntaria de la propia libertad a fin de empatizar con el otro y poder acercarse de tal modo que responda eficazmente sus preguntas, al hacerlo desde el mismo lenguaje cultural. Este esfuerzo implica un ejercicio muy firme de la libertad, que a su vez está sostenido por la profunda conciencia de la propia identidad, por la fortaleza de la fe y por el conocimiento cabal del Dios a quién se sirve. Es necesario que esto sea así para ser copartícipe del evangelio, para ser instrumento del Espíritu, para ganar a mayor número de personas (sea que ellas estén muy cerca o muy lejos de la propia manera de pensar y vivir). Al respecto, Barclay comenta: «No podemos llegar a ninguna clase de evangelismo, o de amistad, sin hablar el mismo lenguaje y pensar las mismas ideas de otros. […] Pablo, el modelo de misioneros, que ganó a más personas para Cristo que ningún otro, se dio cuenta de lo esencial que es hacerse todo a todos. Una de las mayores necesidades que se nos presentan es la de aprender el arte de entendernos con la gente».[ii] ¿Es este «entendernos con la gente» acceder o coincidir con sus maneras de vivir? ¿Es adoptar sus pautas culturales? Es importante recalcar que no se acomoda el mensaje del evangelio, se acomoda el abordaje para entrar en diálogo; en todo caso, se busca un acercamiento, flexibilizar el entendimiento para entrar al mundo de otro, mirar desde otra cosmovisión y acceder al núcleo central de la problemática espiritual más profunda del interlocutor para mostrar que el evangelio tiene respuestas contundentes.
La fidelidad a la causa del evangelio, el amor por Dios y su mensaje, y el amor al prójimo fueron los motores que hicieron que Pablo se despoje de su libertad. Dejar ciertas convicciones suspendidas (no anuladas ni abandonadas) a fin de permitir que las ideas de otros sean expresadas, abre el juego para que, luego de haber escuchado, aquellas convicciones retomen su posición e interpelen con mayor profundidad al interlocutor. Esto, sin duda, requiere de paciencia, humildad, empatía, fidelidad al mensaje evangélico y dependencia de la guía del Espíritu.
[i] 1 Corintios 9.18-23
[ii] Barclay, William, Comentario a 1 Corintios, en https://www.bibliatodo.com/comentario-biblico/?v=TLA&co=william-barclay&l=1+corintios&cap=9




