Mariano Corica, Diciembre 2022
1.- Introducción
Creer en la verdad es una exigencia del evangelio. Y la verdad debería ser verdadera siempre, generosa y fructífera, independiente del tiempo y el contexto. Al decir esto, entendemos que hay un núcleo inamovible en la verdad, cierta trascendencia inmutable que, a su vez, puede (y quizás debe) tomar una forma distinta en un tiempo distinto, una aplicación diferente, un matiz ligeramente tornasolado que, sin embargo, no impida reconocerla.
La historia de Cristo se ha conservado hasta nuestros días en los evangelios. Vemos a Jesús, una persona, humana, de carne y hueso, que anduvo por la tierra y que murió bajo crucificado bajo la orden de Poncio Pilato (ese es un contacto seguro con la historia). Este Jesús fue quién dijo ser el camino, la verdad y la vida, el mediador que nos da acceso a Dios: Él resucitó. De esto, sin embargo, no nos quedan pruebas, sino solo el relato de la tradición.
La resurrección nos plantea, entonces, un problema. En ella está el centro de toda la verdad evangélica y, sin embargo, es incomprobable. Además, hay una distancia enorme entre ese tiempo y este tiempo, entre ese mundo y este mundo, entre esa historia y nuestras vidas.
El tiempo siempre es un abismo entre la historia lejana y la historia presente. La verdad debe abarcar la brecha, superar el sisma, trascender el tiempo para llegar a nosotros, irrumpir, resucitar, actualizarse y hundir sus raíces en la historia presente para demostrar su veracidad y seguir dando frutos. Es que aun respecto de la verdad se manifiesta esta dicotomía, esta dualidad, esta dialéctica entre esencia y existencia. La verdad no puede circunscribirse a un ente metafísico aislado de la realidad física: la verdad es verdad en tanto se manifiesta en la realidad, se funde en la historia y la conduce hacia sí misma. De otra manera no es más que un postulado etéreo, incomprobable y, además, cualquier cosa podría ser verdad sin mayores perjuicios, interés ni injerencia. Este dualismo ha sido superado hace mucho tiempo y, por esto, entendemos que la existencia es la verdadera realidad de la esencia.
La existencia, como experiencia de vida, es supra-racional. No alcanza un relato razonablemente válido para abordarla, sino que, por el contrario, se construye a medida que se avanza sobre ella, a medida que uno se dispone a trabajar en ella y a superar su angustia inmanente. Cuando buscamos, luchamos y luego encontramos la verdad en nuestro camino, podemos vivir una vida verdadera, escapar de la vida inauténtica. En la experiencia de Pablo camino a Damasco nos tropezamos con alguien que, a pesar de no haber conocido históricamente a Jesús, tiene un encuentro transformador con el resucitado.
El encuentro de Pablo con Jesús está relatado en el libro de los Hechos (9.1-19; 22.6-16; 26.12-18). Tomaremos el relato como una narración de contexto, sin embargo, a nosotros nos interesa el proceso subjetivo de Pablo. Profundizaremos en esta experiencia sumamente interesante y, para ello, haremos una modesta exégesis de algunos pasajes de cartas escritas por Pablo. Mediante esta comprensión nos acercamos a dicha experiencia y a la revelación de la verdad de la resurrección, intentando tener resultados que nos animen a vivir en la vida que nos da el resucitado.
2.- La experiencia con Cristo y la conciencia transformadora de la verdad
1 Corintios 15.3-11
La experiencia de Pablo camino a Damasco es una experiencia transformacional consciente que tiene su origen en Cristo. Jesús, aquél que se había revelado a los apóstoles y a más de quinientos hermanos habiendo ya resucitado, es el mismo que se le revela ahora Pablo. Pablo no tiene ninguna duda y, de hecho, el fundamento del evangelio que predica está completamente cimentado en esta revelación.
Con esta revelación de Jesús resucitado se abre un nuevo paradigma resignificante para Pablo. Todas las estructuras que había construido en base a la fe que profesaba en el fariseísmo deben tomar un nuevo sentido a partir de este acontecimiento. El hecho de que Jesús aparezca ante él de manera innegable trastocó radicalmente todo lo que él entendía acerca, no sólo del Mesías, sino de los destinos de Israel y de su propio propósito y celo. El perseguidor que era es cubierto de gracia y transformado en apóstol. El amor de Cristo lo alcanza para darle un nuevo significado a su vida.
Una verdad trascendente y más real que su misma vida había irrumpido en su existencia de un modo vehemente y completamente deconstructor. Pablo debería mirar las Escrituras de un modo diferente buscando en ellas las verdades que habían sido anunciadas y que se cumplían en este tiempo.
Pablo no tuvo contacto con Jesús más que en el encuentro camino a Damasco. Su conocimiento acerca del Jesús histórico (es decir, sus dichos y sus hechos) eran casi nulos a excepción de que sabía que había muerto y, ahora también, que había resucitado. Por lo tanto, Pablo tiene que reconsiderar su lectura de las Escrituras porque, si Jesús es el Mesías, las Escrituras debían decir algo de él. En este sentido, comienza a buscar en ellas todo lo relativo al Mesías y encuentra que, efectivamente, Jesús el Mesías debía morir en debilidad (Is. 53.5-12) y levantarse en poder al tercer día (Sal. 16.8-10; Os. 6.2).
Entendemos que fue Jesús mismo, en su cuerpo glorificado, el que se reveló. El realismo con el que Pablo lo expresa y la comparación que hace respecto a cómo Jesús se había revelado a los quinientos, son indicativos que no tuvo una visión, es decir, no vio a Jesús en una especie de sueño o imagen mental (puede compararse esto con la visión aquella en la que, siguiendo a Hechos 9.12, Pablo vio a Ananías que venía a él en Damasco, el encuentro con Jesús no tiene las mismas características); y mucho menos fue una alucinación (Reyner 2009, 29-31). En ese momento, Pablo recibe la conciencia indubitable de la realidad de la resurrección: Jesús está vivo y está hablando con él en cuerpo glorificado. Esto significó dos cosas para Pablo: que Jesús había resucitado (lo cual demuestra que realmente es Dios) y que él tenía que tomar una decisión frente al que se le había revelado.
Esa es la predicación que Pablo entrega, su evangelio. Los acontecimientos de la muerte y resurrección de Cristo, el testimonio de los discípulos directos, su propia experiencia y la interpretación de estos hechos a la luz de las Escrituras, son suficientes para determinar completamente el alcance profundísimo del evangelio. Este encuentro con Jesús también dotó a Pablo de la motivación suficiente para trabajar incansablemente a fin de cumplir la asignación de llevar esta anunciación hasta el fin del mundo conocido.
Romanos 1.1-5
Es notable el paralelismo de este pasaje y el anterior. Podemos encontrar palabras comunes iluminando, ampliando y construyendo mutuamente. Las ideas comunes rondan alrededor del objeto de la predicación de Pablo, su llamado al apostolado, la función central de las Escrituras en el reconocimiento de del mensaje, a Jesús como Hijo de Dios y su validación mediante la poderosa obra de la resurrección.
Saulo ahora es Pablo, el hombre pequeño, el siervo de Jesucristo, el apóstol llamado para el evangelio de Dios (Agamben 2006). La transformación operada por el encuentro con Jesús fue tan radical que cambia su nombre, su visión de sí mismo, lo resignifica y le otorga un nuevo sentido de vida, un nuevo llamado, una nueva vocación para servir al proclamar el evangelio.
Y este evangelio está en las Escrituras, es el anuncio del misterio de Dios que se venía proclamando desde los comienzos de los tiempos, el evangelio que es acerca del Hijo. Otra vez aparece la realidad de la divinidad de Cristo que ha sido demostrada por la operación del Espíritu Santo en la resurrección. Este misterio se abre otra vez desde las Escrituras hacia la experiencia vivencial, y el poder de la resurrección es la clave que indica la veracidad de la intervención salvífica de Dios en la historia de la humanidad.
La resurrección es central para distinguir a Cristo en su divinidad. Es el único ser humano que demuestra que también es, indubitablemente, el “Verbo hecho carne”. Este declarado es ὁρισθέντος (horisthentos, Strong 3724) (Strong 2002), determinado, demostrado, definido(Yarza 1954). La palabra se usaba comúnmente para hacer referencia a un escribano o agrimensor que determina, define, declara, o demuestra los límites de un territorio y, luego de su intervención, no se admiten más discusiones al respecto. Y el Espíritu Santo, mediante la resurrección de entre los muertos, ha demostrado y establecido poderosamente y sin dudas, esto es, sin posibilidad de ser refutado, que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios.
Gálatas 1.13-17
Pablo era un hombre cuya conducta era intachable a los ojos de sus contemporáneos. El que tenía un celo extremo por las tradiciones de sus padres al punto de perseguir y asolar a cualquiera que se oponga, ahora es impactado por la verdad de la resurrección. El misterio del Hijo de Dios se le revela para transformarlo, para darle nuevo sentido e identidad. En ese sentido, Pablo no duda en revisar las tradiciones de sus padres y sus propias conductas a la luz de la nueva revelación. Aquí vemos el trabajo de la verdad en el corazón de un hombre: la verdad obliga a reconsiderar las tradiciones a la luz de la certeza de lo realmente verdadero.
Pablo choca de frente con la gracia de Dios, con la revelación más certera del propósito eterno que Dios tenía en Cristo para la humanidad y, en particular, para él. Cuando la certeza de la resurrección llega a Pablo provoca una transformación que se ve realizada en un cambio de conducta: antes perseguidor, ahora predicador. El misterio del Dios encarnado se abre frente a Pablo para darle las certezas que su alma esperaba. Él practicaba, en ignorancia, una mentira. Pero la verdad se muestra para que él pueda entender quién es Dios, reevalúe sus tradiciones, modifique sus conductas y lo dé a conocer.
Cuando Pablo refiere que Dios lo había apartado desde el vientre de su madre, nos hace pensar en la plenitud que ha de desarrollarse desde su humanidad impactada por la gracia y el propósito de Dios: que el ser humano ha sido diseñado por Dios con propósitos y llamados específicos, que esos propósitos se revelan mediante la gracia de Dios en el nuevo hombre que anuncia el evangelio. Las nuevas conductas que el conocimiento de la verdad nos obliga a adoptar nos llevan a comprender que andar en la verdad es andar en los propósitos eternos de Dios. Pero Dios tiene un tiempo determinado para que esto ocurra. La gracia de Dios debe manifestarse en un tiempo determinado. El llamado de Dios, mediante la verdad del evangelio, trae a luz el verdadero sentido de la vida.
Este “revelar a su Hijo en mí”, ἀποκαλύψαι τὸν Υἱὸν αὐτοῦ ἐν ἐμοὶ (Nestle 2021), implica un proceso interno profundo, una identificación, una apropiación. Porque Jesús se revelo ante él camino a Damasco, pero el proceso de esta revelación continuó hasta que Pablo entiende, a lo largo del tiempo, que él es en Cristo y Cristo en él. Esta revelación es una gracia que proviene de Dios, quien revela a Cristo. El proceso de la revelación se da en el interior del sujeto, mostrándole la verdad de su propia muerte con Cristo y de su participación también en la resurrección. Esta revelación que el ser humano recibe por la fe, le dota de una nueva naturaleza heredada de Cristo y transforma su propio carácter. La experiencia es tan profunda como personal, intransferible, indecible. Hay un resguardo de la verdad revelada por Dios, un cuidado, una convicción que es tan intensa y convincente que no es necesario que sea validada o certificada por otro ser humano.
3.- ¿En quién cree Pablo? El cristo de las Escrituras, el Cristo histórico, el Cristo de la fe
1 Corintios 15.12-18
La figura histórica de Jesús era conocida por Pablo, es imposible que Pablo dudara de que hubiese existido un hombre, judío, llamado Jesús, que predicaba acerca del Reino de los Cielos (Fil. 2.7; Gá. 4.4); de hecho, estaba persiguiendo a sus seguidores. El problema de Pablo antes de su experiencia con Jesús era que él no podía reconocer, en ese hombre, al Mesías. Pero la aparición de Jesús frente a él lo había convencido de que ese hombre era, en realidad, Dios-hombre: la esperanza de Israel, y no solo de Israel, sino del mundo entero. Jesús es Dios hecho carne.
El problema que se plantea respecto de la resurrección, que Pablo está queriendo aclarar con los corintos en este pasaje, es su facticidad histórica. Ya desde los inicios, los judíos intentaron ocultar la resurrección aduciendo que el cuerpo de Jesús fue robado por los discípulos (Mt. 28.11-15). Pablo pone cómo única prueba su propia experiencia y el testimonio de los que han sido testigos de este hecho.
El hecho histórico de la resurrección de Jesús es comprobado, como dijimos, por muchos testigos, incluso Pablo tardíamente. Si la resurrección no hubiera sido un acto real, físico, entonces no hay esperanza. La victoria sobre la muerte no puede ser un hecho ficticio o mitológico. Despegar al Jesús histórico del resucitado nos puede llevar al materialismo, al liberalismo o al misticismo. Si la resurrección no hubiese ocurrido, toda la gracia que se revela en el evangelio de Jesús no tiene sentido, carece de valor, de potencia, no puede dar esperanza. No solo es vana la predicación de evangelio, sino la misma fe. En palabras de Ridderbos:
“Su predicación es definida decisivamente por lo que aconteció en Cristo, por los actos que Dios efectuó en él para dar cumplimiento a su plan de salvación y cuyo epicentro es la muerte y la resurrección de Cristo. La cristología de Pablo es una cristología de hechos redentores. Aquí descansa el fundamento de toda su predicación, y el kerygma apostólico al igual que la fe de la iglesia permanecen en pie o caen con la realidad histórica misma de este acontecer tanto en el pasado como en el futuro.” (Ridderbos 2000, 65)
La verdad y la potencia de la resurrección sostienen la capacidad de dar esperanza y tiene que ver con la victoria sobre el pecado que se expresa en la libertad. Este es un poder manifiesto aquí y ahora y, en sentido escatológico, se manifestará en la victoria definitiva sobre la muerte cuando los que duermen en Cristo sean despertados.
Si Cristo no resucitó es vana nuestra fe, porque en la resurrección toma cuerpo la fe y de ningún modo es trivial, el resucitado trasciende la memorias y se renueva en la historia personal yen la historia comunitaria de la iglesia. La vanidad es ματαία (mataia, Strong 3152) (Strong 2002) y tiene que ver con la frivolidad, la inutilidad, la fe que defrauda por ser insustancial (Yarza 1954), por estar cimentada en una mentira. Este concepto de “insustancialidad” es interesante en el sentido de que la sustancia de la fe es el poder de la resurrección. El poder de la resurrección es la que nos libera de la condición de pecador: la frase “vuestra fe es vana, vuestro pecado permanece”ματαία ἡ πίστις ὑμῶν, ἔτι ἐστὲ ἐν ταῖς ἁμαρτίαις ὑμῶν (Nestle 2021) es la expresión que relaciona la fe que está depositada en la realidad de la resurrección con el poder de liberarnos del pecado. El poder de liberar del pecado viene de la fe en una resurrección histórica y real. Es válido, también, afirmar que la realidad de la resurrección se manifiesta en la realidad de la libertad del pecado.
Gálatas 1.11-12
El evangelio se anuncia a los hombres, sin embargo, no es un evangelio de hombres. El anuncio del evangelio es el anuncio de una historia que acaeció en el pasado, pero que debe interpelar en el presente a su interlocutor. La historia de Jesús, en particular su muerte y resurrección, viene a nosotros a través de una predicación que es poderosa.
Algunos creen que Pablo no tuvo ninguna conciencia histórica de Jesús, que el Jesús histórico se vuelve irrelevante. Aducen, por ejemplo, que Pablo refiere casi siempre a las Escrituras veterotestamentarias y no a las palabras de Jesús. Para ellos, el Jesús que es relevante para Pablo sería solo el resucitado y glorificado, el que se le presentó camino a Damasco, el que sale a su encuentro. El hecho histórico de la resurrección se pierde ante la experiencia de Pablo con el resucitado.
No obstante, no es, como insinúa Heidegger, que podemos prescindir de la verdad histórica de Jesús:
“San Pablo, quiere decir además que él ha llegado al cristianismo por una experiencia originaria y no por tradición histórica, en esto se basa una teoría controvertida en la teología protestante de que Pablo no ha tenido conciencia histórica de Jesús de Nazareth, sino que ha fundado una religión cristiana propia, un nuevo cristianismo primitivo que dominará el futuro: la religión paulina y no la religión de Jesús. No es preciso volver al Jesús histórico. La vida de Jesús es por completo irrelevante. Esto naturalmente no puede leerse en un solo pasaje.” (Heidegger 2006, 95)
Si bien es verdad que Pablo viene a Cristo a través de una experiencia extraordinariamente originaria y original, y aunque no haya tenido conciencia histórica de los hechos y dichos de Jesús, es decir, no haya compartidos sus palabras, su comida, su techo, sus caminatas, sus experiencias, etcétera, la vida de Jesús es relevante, y lo relevante de la vida de Jesús es fundamentalmente el hecho histórico de su muerte y resurrección.
Sin embargo, podemos estar de acuerdo con Heidegger que la experiencia del evangelio debe ser completamente originaria. Significativamente, Pablo menciona los dos actos que se realizan en el kerygma evangélico: la instrucción y la recepción. La instrucción es ἐδιδάχθην (edidachthēn, Strong 1321) (Strong 2002), la enseñanza, la comunicación, el aprendizaje (Yarza 1954) que deviene en el acto racional de escuchar una historia (que es pasada y verdadera). Pero, en el kerygma, esta historia remonta alturas insospechadas e irrumpe la realidad presente cuando, por el poder del Espíritu Santo y la fe del oyente, el evangelio comienza a llamar al hombre hacia la vida. Este evangelio no se recibe sino en la revelación de Jesucristo. Y este recibir, παρέλαβον (parelabon, Strong 3880) (Strong 2002) es acoger, apoderarse de, tener un encuentro con(Yarza 1954); hay un acto de aprehensión en esta recepción, se recibe como el óvulo recibe al espermatozoide, como la tierra recibe a la semilla. Esta conjunción de entendimiento y fe, de oír y creer, mediada por el poder del Espíritu en la revelación de la persona de Jesucristo y la verdad del evangelio, provoca el milagro de la vida y la salvación.
Jesús sale a nuestro encuentro en una experiencia vivencial presente y particular que nos impacta y nos transforma, pero esto solo es posible porque hay fe en un hecho físico, histórico y concreto: la resurrección. La resurrección es una verdad histórica y, para el que cree, no hay duda de esa realidad. Ese es el fundamento de la fe y el sello divino del mensaje: la resurrección fue un hecho histórico que debemos creer con todo nuestro corazón.
Romanos 10.8-10
Se nos pueden plantear algunas preguntas: ¿cómo creer que Cristo resucitó de los muertos? ¿es una fe anclada en creer el relato de un hecho histórico? ¿es una fe vivenciada en la experiencia con el resucitado? La resurrección no es un hecho histórico inmóvil y anclado en el pasado sino una verdad presente accesible por la fe que se renueva constantemente en la esperanza futura de la propia resurrección. Este acompañamiento de la experiencia de la resurrección contiene en sí misma la esperanza que nos impulsa no solo a creer, sino a vivir la fe que se sostiene en la resurrección.
Pablo reconoce la historicidad de Jesús, la resurrección es, para él, un hecho histórico que necesita ser creído. Pero las implicaciones de la resurrección trascienden la historia porque el proceso histórico debe ser interpretado a la luz de una experiencia vivencial con el Cristo resucitado. Además, si la resurrección no pudiera trascender la historia y llegar a nosotros hoy, entonces solo la entenderemos, a lo sumo, como un mito.
La única forma de que ese mito sea desmitificado es que asuma cuerpo presente, realidad inmediata innegable, fuerza eficaz y vivificante. El encuentro entre la historia de Cristo y nuestra historia es un encuentro con el Cristo que resucitó en el pasado, pero está vivo hoy. El Cristo resucitado interviene mi propia historia para abrirla a la realidad de su propia historicidad: Cristo interviene en mi propia realidad y, mediante la fe, decido creer que el resucitado verdaderamente resucitó; él viene a mi encuentro, el kerygma deja de ser la historia pasada para ser palabra viva, presente interpelante.
La cercanía de la palabra de vida es tal que no es extraña al hombre convencido por el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo manifiesta la realidad de la resurrección hay un acercamiento a la fe, lo difícil está hecho, queda un paso sencillo porque se han removido todos los obstáculos de la razón. Creer, desde la profundidad del corazón, que Dios levantó de los muertos a Jesús es creer en que Cristo ha resucitado verdaderamente, y es creer que es Señor de toda la historia. La historicidad de la resurrección irrumpe ahora en la persona que cree para darle una nueva vida, para replicarse en el espíritu del creyente.
La justicia de Dios se imputa, la salvación se abre paso entre la humanidad del que está creyendo. El poder de la nueva vida rompe la oscuridad de la muerte y el que venció a la muerte vence también en el corazón. La palabra de fe es predicada, creída y confesada. Se manifiesta el poder de la resurrección para justificar y salvar. Es interesante como lo expresa Bultmann:
La Palabra de Dios no es un enunciado intemporal, sino una palabra concreta dirigida a los hombres aquí y ahora. Sin duda, la Palabra de Dios es su Palabra eterna, pero esta eternidad no hemos de concebirla como intemporalidad, sino como Su presencia siempre actualizada aquí y ahora. Es su Palabra, en cuanto acontecimiento que se produce en un encuentro, pero no un conjunto de ideas ni, por ejemplo, un enunciado sobre la bondad y la gracia de Dios en general, aunque, por otra parte, tal enunciado puede ser correcto, sino únicamente en cuanto se me dirige a mí, bajo la forma de un acontecimiento que me acaece, a mí, y que me sale al encuentro como misericordia Suya. Esta palabra viva de Dios no ha sido inventada por el espíritu y la sagacidad del hombre, sino que surge de la historia. Su origen es un acontecimiento histórico, que confiere autoridad y legitimidad a la expresión de esta palabra — la predicación. Este acontecimiento histórico es Jesucristo. Podemos decir que esta afirmación es paradójica. Porque lo que Dios ha obrado en Jesucristo no constituye un hecho histórico susceptible de ser probado históricamente. El historiador objetivante, como tal, no puede constatar que una persona histórica (Jesús de Nazareth) sea el Logos eterno, la Palabra.” (Bultmann 1970, 107-108)
4.- El poder de la resurrección
Romanos 6.4-13; 8.9-13
La fe recupera su potencia cuando creemos en el hecho histórico de la resurrección, pero, yendo más allá (porque la discusión no es si la resurrección es un mito o no), el tema central es cómo se manifiesta la realidad de la resurrección, cómo opera en nosotros y para qué.
No se trata, entonces, de demostrar que Cristo resucitó, sino de que la resurrección, es decir, el poder de la resurrección, opere en nosotros para mostrarnos la verdad de la nueva vida. La única manera de demostrar que Cristo resucitó es mostrar que él vive en nosotros. Esta nueva vida se manifiesta poderosa al vencer al pecado y a la muerte. Hay una clara esperanza escatológica que nos da la resurrección (1 Tes. 1.10, 4.14-16), sin embargo, la absorción de la muerte en la victoria de la resurrección ya se manifiesta desde y en esta vida presente, cuando demuestra su victoria sobre el pecado.
La vida en resurrección es posible gracias a que el Espíritu de Cristo, el mismo que lo resucitó a él, vive y obra en nosotros. La vida del Espíritu es una realidad espiritual que no puede abstraerse y, a pesar de que el cuerpo físico corrupto está destinado a la muerte y que el espíritu ya vive a causa del poder de la resurrección, este cuerpo condenado a muerte será vivificado como también el cuerpo de Cristo fue vivificado y glorificado; desde ahora, este cuerpo es miembro de justicia a y causa de la justicia obra las obras de Dios. La vida y la muerte operan en el creyente: la muerte de Cristo mediante la cual muere al pecado, la vida de Cristo mediante la cual vive para Dios.
Hay una concordancia en el pensamiento del primer siglo entre los apóstoles, es fácil ver la unidad entre Santiago y Pablo, entre fe y obras, entre verdad y praxis. Es necesario que se muestre la fe en una praxis concreta que manifieste la verdad, que abra el camino de la libertad que el evangelio promete, que llene de esperanza y transforme las vidas y también la realidad de un mundo sumido en el pecado. Si la verdad del evangelio es verdadera, entonces no puede dejar de florecer en concretamente en toda vida y sociedad que lo experimente.
El concepto metafísico de “la verdad”, herencia del dualismo griego, no puede seguir sosteniéndose más. La verdad no puede aislarse de la realidad. La sociedad del S.XXI exige probar aun lo que nos resulta abstracto. En ese sentido, es la praxis de la verdad la que realmente manifiesta a la verdad. La verdad debe encontrarse materializada en la historia y no ser un concepto propio “del mundo de las ideas”. Si existe tal cosa como “la verdad”, debe materializarse.
Cuando la fe se aplica a la verdad, entonces toma la fuerza necesaria para llenarse de sustancia. Al respecto de esto, Miguez Bonino dice: “Si se elimina la referencia metafísica y la historia salvífica se reabsorbe en una historia humana indiferenciada, ¿cómo se podrá preservar el carácter normativo de los eventos originales de la fe?” (Miguez Bonino 1977, 108), es decir que, frente a las exigencias contemporáneas de nuestra sociedad ya no podemos hablar acerca de la verdad en términos exclusivamente metafísicos (porque son considerados conceptos vacíos),entonces, la única manera de manera de hacerlo es mostrar el impacto de la resurrección en la historia humana. Esto está absolutamente claro para Pablo, quien entiende que “el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Cor. 4.20) y que el evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1.16).
Efesios 1.15-2.10
Pablo viene hablando desde el principio del capítulo con palabras enormes y elocuentes, teje conceptos altísimos, llenos de una sublime exaltación. A medida que leemos llegamos a un clímax especial y se expande ante nosotros la parte que dice: “y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza” καὶ τί τὸ ὑπερβάλλον μέγεθος τῆς δυνάμεως αὐτοῦ εἰς ἡμᾶς τοὺς πιστεύοντας κατὰ τὴν ἐνέργειαν τοῦ κράτους τῆς ἰσχύος αὐτοῦ (Nestle 2021). Hay que notar que en esta idea, que parece completamente redundante, Pablo utiliza cuatro acepciones de la palabra “poder”: δυνάμεως (dunamis, Strong 1411): fuerza, capacidad, poder, facultad, eficacia, autoridad, influencia; ἐνέργειαν (energeian, Strong 1753):actividad, energía, operación, eficacia; κράτους (kratous, Strong 2904): fuerza, poder, vigor, robustez, solidez, superioridad, dominación, victoria, soberanía; ἰσχύος (ischyos, Strong 2479): potencia, resistencia, prevalencia, vigor, robustez, influencia. (Strong 2002), (Yarza 1954).
No caben dudas del énfasis que hay sobre el poder de la resurrección. Este es un poder activo, eficaz, influyente, dinámico, ejercido con autoridad, que despliega su potencia como el brazo armado de un ejército que avanza. Parece que Pablo no sabe cómo expresar que este poder es enorme y por eso apela a que Dios alumbre el entendimiento de los efesios para que puedan llegar a comprender esta operación del Espíritu en ellos. Esto debe ser revelado, el acceso a esta verdad es por la revelación y el alumbramiento del Espíritu Santo en nuestras mentes.
Sin embargo, persisten algunas preguntas: ¿cuál es la relación entre la revelación, el entendimiento y la potencia que actúa?, ¿el poder de la resurrección está supeditado al entendimiento?, si es tan grande y poderoso, ¿puede pasar desapercibido hasta que exista plena conciencia acerca de él?
No podemos de dejar de recordar que Pablo fue absolutamente transformado cuando se le reveló el poder de la resurrección. Cristo aparece frente a él, habiendo vencido a la muerte. Inequívocamente se da cuenta de lo poderosa que es la intervención de Dios en la historia humana mediante la ruptura del nuevo tiempo divino (nuevo “eón”) en el tiempo presente (viejo eón). Pero este plan que se expresa a través de los tiempos es un plan que Dios conoce y revela a los suyos. Esta discernimiento de los tiempos es un don de Dios a través del Espíritu Santo que ilumina al ser humano que cree. El “espíritu de sabiduría y revelación” del que Pablo habla tiene un trasfondo en la sapiencia judía, el concepto está cimentado en la idea veterotestamentaria de la sabiduría que se revela en el temor de Dios y la obediencia (Job 28.12ss; Prov. 1-8; Jer. 9.23-24, por citar algunos). Es notable la relación entre verdad y praxis de esos pasajes. La verdad se revela en un camino de sincera devoción, temor y obediencia. Este es el proceso de la verdad, que elimina componentes místicos.
El camino de la verdad se abre paso en el temor de Dios y dentro del hombre que le cree a Dios y busca agradarle. Por esto Pablo ora por los efesios para que puedan recorrer ese camino y su entendimiento sea alumbrado. Es en ese caminar en fe sobre la verdad, el cual estamos descubriendo a medida que avanzamos, que vamos comprendiendo y comprobando el enorme poder de la resurrección.
A diferencia de la imposibilidad que gobernaba en el viejo eón, ahora hay una relación poderosa entre verdad y praxis que se retroalimenta mutuamente. El poder de la resurrección se vive en temor y obediencia pero existe posibilidad de vivir en temor y obediencia gracias al poder de la resurrección. Esta operación del Espíritu que potencia al creyente para andar en la nueva vida es una constante que se mantiene al vivir en esa dinámica. Pablo concluye el pasaje (hasta 2.10) haciendo una comparación entre las obras malas que hacíamos bajo la operación de la desobediencia contra la gracia que nos da nueva vida para caminar en las obras de Dios.
El poder del pecado que opera en los “hijos de ira” y los mantiene en la muerte es tan poderoso que necesita una irrupción divina para ser vencido. Esta irrupción es la resurrección de Cristo que se manifiesta en el creyente para liberarlo y potenciarlo a cambiar de rumbo, para que ya no se someta a los poderes de la muerte. El gran amor de Dios nos da vida juntamente con Cristo, esa salvación es por su gracia y cambia la identidad y posición del creyente, el cual debe comprenderla y asimilarla mientras camina en nuevas buenas obras preparadas por Dios.
Por lo tanto, el poder de la resurrección no es un poder metafísico aislado de la realidad cotidiana, ni una verdad oculta, mística o extraña. El poder de la resurrección se manifiesta completamente poderoso cuando nos disponemos a caminar en la vida que Dios quiere para nosotros.
2 Corintios 12.9-10
Y, sin embargo, este poder que viene de Dios opera en las profundas debilidades humanas. La manifestación del poder de Dios no está exenta sino que, por el contrario, necesita de las debilidades, de las dificultades, de las luchas para desplegar toda su capacidad de victoria.
El poder de Dios es una gracia de Dios. No es un poder que provenga de nuestra propia humanidad y de lo cual podamos exaltarnos. La debilidad ἀσθενείᾳ (astheneia, Strong 769) (Strong 2002), debilidad, impotencia (Yarza 1954), es lo que por naturaleza nos corresponde, es lo que tenemos. Esa debilidad impotente debe estar siempre presente como recordatorio de la gracia de Dios. Esta impotencia nos mantiene en la humildad necesaria para reconocer a Dios en nuestra nueva vida y honrarlo debidamente. La gloria del poder de la resurrección opera en nosotros, pero no podemos vanagloriarnos de ella ni de sus resultados en nosotros. Hacer esto es caer de la gracia, caer de la fe, volver al pecado. Por el contrario, nuestra gloria está en la debilidad, mas bien, en que a pesar de nuestra debilidad el poder de Dios arremete y la supera dándonos victoria.
Este ejercicio del poder de Dios frente a la debilidad del ser humano perfecciona la operación de la resurrección en nosotros para que comprendamos en carne propia la eminencia de ese poder. El poder de la resurrección se manifiesta a nuestra conciencia cuando, conscientes de nuestras debilidades, somos espectadores asombrados de cómo la operación de este poder divino prevalece.
El poder de Dios se perfecciona en la debilidad porque se perfecciona en nosotros, va creciendo nuestra conciencia de la potencia de la resurrección, vamos comprendiendo que mientras más hondas son nuestras debilidades más poderoso es el poder de la resurrección. Somos el sujeto en el que este poder se despliega más y más, y sigue perfeccionándose en nuestra humanidad.
El poder de Cristo reposa en nosotros cuanto más reconocemos, admitimos y nos gloriamos en nuestra humana incapacidad de vencer. Este reconocimiento exalta a Cristo y demuestra nuestro amor por él. Este amor a Cristo se arraiga mucho más vehementemente en nuestro corazón, nos ata y nos constriñe mucho más cuando vivimos esta dualidad entre debilidad humana y poder divino. Nace el gozo.
La conciencia de la impotencia (propia) nos da mayor conciencia de la potencia (divina). Esta experiencia no es posible sin la existencia de las angustias, los miedos, la tensión de la inminente pérdida en la persecución, las afrentas. La resurrección siempre está unida a la muerte, es el poder que la vence. Pablo ya lo sabía: “porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.” (Hch. 9.15-16)
5.- Bibliografía
Agamben, Giorgio. El tiempo que resta. Madrid: Editorial Trotta, 2006.
Bultmann, Rudolf. Jesucristo y la mitología. Barcelona: Ediciones Ariel, 1970.
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