By: Mariano Corica On: 24 abril, 2022 In: Devocionales Comments: 0

Mateo 4.21-22; Juan 1.1-14

 

«Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.»  Mateo 4.21-22

 

No lo noté pero fui, digamos, escaso. Yo estaba metido en mi propio mundo. Era pequeño, tan pequeño como una redecita enredada. (Ahora me cabe la sensación agobiante de una red pequeña y enredada. Es insoportablemente abrumadora.)

La barca, mi pequeño mundo, la red, los peces, mis padres y hermanos. Mi corazón no comprendía por esas horas que el mar es un mundo, que una sola gota de agua lo es.

La plenitud se habrá reído de mí. Él era antes de todo; antes de la luz, de la oscuridad, antes del tiempo y de las almas. (En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios.)

No pretendí entender la eternidad. Si los misterios pudieran abrirse, las mentes finitas podrían llenarse de vastedad. En mi universo entraba la plenitud, sólo que hasta entonces yo no lo supe.

No busqué explicaciones acerca de la bondad que se venía sobre mí porque, a decir verdad, no es de pescadores buscar explicaciones. No busqué explicaciones como tampoco busqué aquella bondad; se acercó a mí como si yo fuese alguien especial, como si una extraña preexistencia ya se hubiera fijado en mí desde antes de todos los siglos.

La primera vez que lo vi era él quién me estaba mirando. Él miraba mi trabajo, yo aún no le conocía. Sólo dos o tres palabras bastaron para que mi alma se extasiase de claridad. Entonces la inspiración y la piedad se saciaron de mí. Y yo, casi inconscientemente, le seguí.

Luego habríamos de comprender nuestras propias razones. Poseímos en él la plenitud de Dios, la perfección en todos sus atributos, en cada palabra, en cada momento compartido. Él se transformaría en la razón absoluta de nuestras vidas, en el sello que marcara nuestros espíritus. Desde el mismo momento en que creímos, él ya había comenzado a gestarse en cada uno de nosotros.

Ahora tengo sentido en sus ojos y en su voz. Sé que recorreremos una senda gloriosa y lloraremos otra vez las primeras lágrimas y reiremos nuevamente todas aquellas sonrisas que escondimos en la memoria, o en la nostalgia. Recordaré el vacío de mi vida sin la luz de su rostro; lloraré al volver a descubrirlo dentro de mí y lo amaré más. Sabré, otra vez, que soy rico en mis silencios, y más rico en sus palabras.