By: Mariano Corica On: 15 abril, 2022 In: Devocionales Comments: 0

Juan 20.9-18

 

«Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).» Juan 20.15-16

 

Jesús había sido crucificado.

Según la costumbre, las mujeres habían preparado su cuerpo y le habían dado sepultura. 

María tenía clavada en su pecho una angustia imposible. Estaba afuera, llorando. Es que, además de la congoja por la muerte, su llanto provenía del ultraje, de no tener un cuerpo para llorar debidamente. (Porque ella lloraba al ver la tumba vacía.)

Lo ve, pero no lo reconoce. Sencillamente no estaba preparada para el milagro. Aún no había entendido las Escrituras.

¿Por qué lloras? Le pregunta el Maestro. ¿A quién buscas? Esas son, sin duda, las preguntas correctas. María lo ve, aunque no lo reconoce. Estaba atravesada, deshecha.

Pero el Maestro la llama por su nombre. Ella escucha la voz del resucitado, esa que siempre rompe el dolor.  Ahora sí lo reconoce, ella responde.

Su llanto había terminado, su búsqueda también.

 

 

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