By: Mariano Corica On: 30 octubre, 2022 In: Devocionales Comments: 0

Juan 7.37-38

La fiesta a la que el pasaje hace alusión es la Fiesta de los Tabernáculos. Esta fiesta era una de las ordenadas en la ley que se realizaba en el mes séptimo (Lv. 23.34-43; Dt. 16.13-15). Esta era una de las tres fiestas que había que ir a celebrarlas a Jerusalén.

«En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.»

Pero, desde los días de Josué, esta fiesta no se celebraba. Israel había abandonado esta fiesta, dejaron de recordar de dónde los había sacado Dios. Pasados muchos años, 1000 años tal vez, cuando vuelven del exilio, Nehemías reconstruye los muros y las puertas de la ciudad de Jerusalén y, entre ellas, la Puerta de las Aguas. La Puerta de las Aguas era la que daba directo al río Gihón (o la fuente del Gihón), y abastecía a la ciudad de agua. Por esta puerta entraba la posibilidad de la vida y la fertilidad a Jerusalén. Un día, el primero del mes séptimo (Nh. 7.73-8.18), el pueblo se junta a leer las Escrituras de la mano de Esdras en la plaza que estaba frente a esta puerta. El pueblo entiende lo que lee, se arrepiente y comprende que debe celebrar esta fiesta, con alegría, agradecimiento y esperanza.

Aproximadamente 470 años mas tarde, Jesús sube a Jerusalén a la Fiesta de los Tabernáculos que había sido restaurada desde los años de Esdras y Nehemías. Probablemente están nuevamente frente a la Puerta de las Aguas. Jesús les ruega que vengan a él. En él está el Espíritu que da vida.

NOTA: Es extraño que Jesús diga “como dicen las Escrituras” siendo que las Escrituras no citan textualmente ningún pasaje similar. Pero es interesante discernir en ellas el concepto de “aguas vivas”.

En el libro de los Salmos (Sal. 1.1-3) podemos leer que el proceso reflexivo alrededor de las Escrituras viene a ser como las corrientes de agua de las que bebemos y en las que nos deleitamos. Beber del manantial que el Espíritu nos ofrece a través de las Escrituras hace que no dejemos de dar fruto, que no perdamos vigor. Cuando Jeremías cita este salmo (Jer. 17.7-8,13), le da un significado más existencial, ya no es sólo el hecho de meditar y deleitarse en la ley de Dios, sino elevarse al plano de la fe. Es bienaventurado el que confía y cuya confianza es Jehová, porque él es el manantial de aguas vivas. La meditación en la palabra de Dios siempre engendrará fe y confianza en el Dios que se revela en ella.

El profeta Isaías nos trae la promesa del “agua de vida”: desiertos se transforman en vergeles (Is. 44.3-4), que seremos como jardines regados con manantiales de aguas vivas (Is. 58.11). El profeta Ezequiel ve la visión de las aguas que salen del Templo y sanan toda la tierra (Ez. 47).

El mismo Juan nos dice que las Palabras de Jesús hacían referencia a la promesa del Espíritu Santo (Jn. 7.39) y promete que el que bebe del agua que él nos dará, no tendrá sed jamás, sino que brotará para vida eterna (Jn.4.14)

Entendemos que la fuente de agua viva que calma la sed espiritual viene del interior, desde el Espíritu de Dios que nos habita por la fe, habiendo creído en Cristo, y que este manantial fluye en abundancia sobreabundante cuando reflexionamos en las Escrituras: el mismo Espíritu las usa para imprimir en nosotros su Palabra y hacernos fructificar aún en tiempos de sequía.