Era Moderna: Emancipación del poder civil, vaciamiento del poder religioso, separación Estado-Iglesia

Configuración histórico-política del orden moderno

La crisis de la Cristiandad y el nacimiento de la autonomía político-religiosa (siglos XV-XVII)

La recuperación de los escritos griegos había comenzado durante los siglos XII y XIII mediante diversas traducciones procedentes del mundo griego y árabe. La relectura de estos textos permitió al Occidente latino acceder nuevamente a buena parte del pensamiento clásico. En este camino, la influencia de Aristóteles fue particularmente significativa porque su pensamiento ofrecía una comprensión distinta de la polis, de sus formas de gobierno y de la vida política.[1]

Tomás de Aquino desempeñó un papel decisivo al incorporar la filosofía aristotélica al pensamiento cristiano.[2] La síntesis tomista permitió ampliar la capacidad de la Iglesia para pensar el mundo con nuevas categorías provenientes de otras tradiciones y, de este modo, reconocer que existen estructuras de racionalidad que no dependen directamente de la revelación. El pensamiento tomista abrió un camino al aceptar que la realidad política podía ser comprendida desde su propia racionalidad.[3]

Entrado el siglo XIV, y en el contexto de los conflictos entre el Papado y el Imperio, se intensificó la disputa por el dominio de los territorios de las ciudades del norte de la península itálica. Situadas en medio de las pretensiones de ambos poderes, estas ciudades fueron desarrollando progresivamente una conciencia de sus propios intereses, de su libertad y de su capacidad para autogobernarse. La disputa entre el Papado y el Imperio generó un nuevo espacio político: estas ciudades ya no se concebían a sí mismas como territorios disputados, sino como comunidades capaces de reclamar un ámbito autónomo de gobierno.[4]

Las comunas italianas encontraron en la tradición romana de libertas un lenguaje para expresar y defender su voluntad de autogobierno. A medida que esta conciencia de libertad se fue afirmando, la libertas adquiere un sentido político. Al mismo tiempo, los escritos aristotélicos les ofrecieron categorías para comprenderse políticamente.[5] La política comienza así a forjar una estructura conceptual relativamente autónoma respecto de la teología.[6]

La profundización de estas ideas contribuyó, lenta pero decididamente, a una transformación que encontraría en el Renacimiento una nueva expresión histórica. La política renacentista estaría completamente atravesada por la tensión entre el poder imperial, el poder del papado y el poder emergente de las ciudades-Estado.[7] En este contexto aparece progresivamente una concepción política cada vez más independiente y desligada de la mediación teológica y de la tutela de la autoridad eclesiástica.[8]

El proceso renacentista había comenzado a fracturar la mediación política del orden religioso impuesto por el papado. Mientras tanto, en distintos ámbitos de la Cristiandad occidental, ya se gestaba una fractura que terminaría por quebrar la propia mediación religiosa. La evidente corrupción de la Iglesia generaba constantes disensos y anhelos de reforma. La disolución moral, la avaricia y la perversión que acarreaba el poder distanciaban a la Iglesia del mensaje que ella misma proclamaba. La corrupción de la Iglesia exteriorizó una alteración de la estructura de la mediación religiosa.

Al final de la Edad Media, muchos movimientos reformadores presionaban al poder religioso exigiendo que la Iglesia recuperara su fundamento en la fe cristiana originaria: desde movimientos de reforma interna, como el movimiento conciliar y los franciscanos, hasta movimientos de disenso y ruptura, como los de los cátaros, valdenses, lolardos y husitas.[9] Finalmente, es un monje agustino alemán quien, al cuestionar la práctica de las indulgencias, termina de desencadenar una controversia que estalla y acelera todo el proceso.[10]

La Reforma surge en medio de las transformaciones políticas propias de su tiempo pero, sobre todo, en medio de una Cristiandad que está en crisis con el orden religioso. El problema, como intuimos, fue que la distancia entre lo trascendente y su mediación se redujo al punto en que la mediación se volvió inmediata, clausuró las formas del sentido trascendente y lo redujo a una inmanencia religiosa.[11] Cuando Lutero protesta, protesta contra esta reducción. El conflicto escaló hasta poner en cuestión las bases de la autoridad religiosa en Occidente, siendo Lutero mismo el símbolo más relevante de una crisis que ya resultaba irreversible y que liberó una pluralidad de fuerzas religiosas, políticas y sociales que también entraron en conflicto entre sí.[12]

A partir de aquí se producen una serie de hechos relevantes que cubren poco más de un siglo de disputas. Impulsado por las transformaciones institucionales promovidas en el Renacimiento y por las rupturas religiosas introducidas por la Reforma, el proceso de crisis alcanza su punto de ebullición en las Guerras de Religión. Las ideas reformistas generaron reacciones políticas que desembocaron en la Guerra de los Campesinos (1524–1525), en las guerras entre católicos y hugonotes calvinistas en Francia (1562–1598), en la rebelión de los Países Bajos contra la monarquía hispánica (1568–1648), en la Guerra de los Treinta Años (1618–1648) que comenzó como un conflicto confesional dentro del Sacro Imperio y terminó involucrando a las principales potencias europeas y, finalmente, en las guerras civiles de Inglaterra (1642–1651).

Estos conflictos, aunque respondieron a causas religiosas, políticas y territoriales diversas, expresaron una misma crisis dentro del orden de la Cristiandad.[13] Al final de este proceso, se consolidaron jurisdicciones políticas lo suficientemente maduras y autónomas como para administrar el cambio. La Cristiandad, antes fundamento del orden político mediado por el orden religioso, cederá su lugar ante los Estados, que oficiarán como fundamento de un nuevo orden inmanente.

La organización de la legitimidad autónoma (siglos XVII-XVIII)

El equilibrio político, territorial y religioso de una convulsionada Europa comenzó a configurar lo que hoy denominamos Estado. El proceso que condujo hacia la conformación del Estado moderno tuvo uno de sus principales antecedentes en la monarquía. Esta forma de administración política surgió como respuesta ante las diversas problemáticas de la época, a saber: la constante inestabilidad política derivada de la imposibilidad de concretar las aspiraciones de un Imperio unificado, la fragmentación y convulsión territorial provocadas por la pretensión de autonomía de las ciudades-Estado y la conmoción que significó el proceso reformador para las aspiraciones políticas de la Iglesia.[14] La configuración del modelo monárquico permitió delegar la autoridad al rey para administrar y defender territorios suficientemente amplios, a la vez que unificar las concepciones religiosas y culturales dentro de ellos. El monarca personificó “la unión del trono y el altar”.[15]

Afianzadas las monarquías territoriales, una relativa pacificación permitió volver sobre el fundamento del orden político.[16] Este comienza a configurar sus propios criterios de legitimidad. Dios continuará siendo fundamento del orden moral y de los derechos naturales,[17] sin embargo, las transformaciones producidas por la Reforma fueron un catalizador para la racionalización de la política. La idea de la libertad comienza a cristalizar en una “ideología de la libertad” que pone al sujeto específicamente al individuo en el centro de la escena.[18]

La Revolución inglesa expresa este proceso de modo particularmente significativo. Las relaciones entre la Corona y el Parlamento entran en conflicto, al mismo tiempo que crecen las tensiones religiosas y sociales. La sociedad inglesa experimenta una serie de transformaciones determinantes que cuestionan a la monarquía absoluta y desembocan en la limitación de su poder y, sobre todo, en un nuevo rol del Parlamento. Los principios jurídicos constitucionales y los derechos del individuo adquieren mayor relevancia. La revolución inglesa se posiciona como un claro antecedente para las revoluciones que ocurrirán contra los sistemas monárquicos.[19]

Las grandes monarquías europeas especialmente Gran Bretaña, Francia y España se reorganizan y consolidan sus sistemas coloniales, disputándose el control sobre los mares, los territorios de ultramar y sus recursos. Sin embargo no están exentas de tensiones. En la segunda mitad del siglo XVIII, ocurren tres procesos particularmente importantes para nuestro análisis: las reformas borbónicas, la Revolución norteamericana, y la Revolución francesa.

En el marco de una política de fortalecimiento de la autoridad de la Corona Española, luego del traspaso de la dinastía de los Austrias a los Borbones, se ejecuta un programa de reforma conocido como las reformas borbónicas. En cuanto a la relación entre la Corona y la Iglesia Católica, las reformas tenían que ver con dos objetivos: impedir la intervención de Roma en los asuntos españoles y subordinar a la jerarquía eclesiástica.[20] Las ideas ilustradas de la época veían en la revelación y la tradición religiosa un obstáculo para el progreso.[21] Estas tensiones se manifestaron en sucesivos conflictos y negociaciones respecto de los diezmos, las rentas, los bienes eclesiásticos y los nombramientos.

La Corona fue ampliando progresivamente su intervención en los asuntos de la Iglesia. El punto más álgido llegó cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de los dominios españoles en el año 1767. La llamada “Compañía de Jesús” había desarrollado una presencia significativa en Hispanoamérica, especialmente en los ámbitos educativo, intelectual, económico y, obviamente, en el religioso. Su expulsión supuso la intervención directa de la monarquía sobre una institución eclesiástica con considerable autonomía y poder.[22] El desplazamiento ocurre como expresión de un fenómeno más general, un cambio de era que se estaba dando tanto en las monarquías de confesión protestante como en las de confesión católica.[23] Ya es claro que el fundamento del orden político no se subordina al del orden religioso: en temas de administración pública, independientemente de la confesión oficial, la relación queda invertida.

En el caso de la Revolución norteamericana, esta ocurre principalmente a partir de un problema de representación política. Cuando Londres presiona a sus colonias americanas para aumentar los impuestos y hacer frente a las deudas que dejó la Guerra de los Siete Años, las colonias reaccionan rebelándose.[24] Esta revolución, que comienza como un conflicto en torno a cuestiones impositivas, termina desencadenando una disputa ideológica acerca de la representación y la soberanía.[25] Los norteamericanos sostenían que Inglaterra no podía imponer cargas fiscales a las colonias si estas no estaban representadas en el Parlamento. Las sucesivas crisis llevan a los norteamericanos a desarrollar un modelo de gobierno constitucional y republicano.[26]

Aparece evidencia histórica de la profundización del desplazamiento del fundamento del orden político. De manera operativa y contundente, la Revolución norteamericana lo traslada desde la autoridad de la monarquía y del Parlamento hacia la soberanía de los gobernados; y esto se ve reflejado, sin ambigüedades, en su Declaración de Independencia.[27] Los colonos norteamericanos mantienen un prominente lenguaje teísta, aunque el fundamento religioso comienza a operar de manera indirecta. La soberanía de la Providencia permanece como horizonte del orden, pero los derechos, el gobierno y la soberanía política comienzan a fundamentarse en la libertad, el consentimiento y la capacidad de decisión de los gobernados.[28]

Este desplazamiento del fundamento encuentra en la Revolución francesa un último gran movimiento. Los hechos acontecidos en Francia entre los años 1787 y 1789 estallaron en una revolución que determinó un cambio de era. En efecto, tres procesos revolucionarios confluyeron en un mismo grito, cada uno impulsado por un grupo social distinto, con sus propios intereses y objetivos.[29] La aristocracia, motivada por intereses económicos y políticos, buscaba ampliar su influencia y su poder en la determinación de las leyes; la burguesía, que buscaba transformar el orden político y jurídico para adquirir una mayor participación en el gobierno; y los campesinos, que luchaban contra la opresión y las cargas señoriales. Estas revoluciones convergieron provocando una confluencia de ideas, fuerzas y voluntades. El resultado fue el inicio de una transformación profunda del orden político y social francés.[30]

La relación entre la Iglesia Católica y Francia atravesó una profunda crisis a partir de la revolución. La confiscación de los bienes eclesiásticos en 1789, la Constitución Civil del Clero de 1790 y la posterior persecución y descristianización alimentaron la ruptura. En 1795, la Convención estableció formalmente la separación entre la Iglesia y el Estado. Napoleón, quien consideraba la religión como un factor decisivo para el orden social,[31] reorganizó posteriormente esta relación mediante el Concordato de 1801 con Pío VII. El catolicismo fue reconocido como la religión de la mayoría de los franceses, pero bajo un Estado que conservaba la capacidad de regular y sostener institucionalmente el culto. La religión católica dejó de formar parte del fundamento del orden político y pasó a ser administrada por el poder estatal.[32]

Los elementos que confluyen en la revolución del año 1789 marcan el rumbo indeclinable hacia el sistema democrático, a la vez que se profundiza la autonomía de la política como ámbito capaz de ordenar integralmente la vida humana.[33] La revolución social irrumpe contra el “antiguo orden político” y su forma de gobierno monárquico-aristocrático, para producir uno nuevo fundamentado en la soberanía de la nación. A su vez, la nación es constituida por ciudadanos que se declaran libres e iguales, sujetos de derechos y participantes de un orden común.[34]

Las esperanzas religiosas, como sentido trascendente de la existencia y de la historia, se resignifican en esperanzas políticas.[35] El modelo de la revolución es irreligioso en el sentido de que el objeto de la fe no es tanto Dios como sí lo es la fuerza de voluntad y la virtud de los hombres libres.[36] La lógica de la creencia religiosa es reconstituida en la conciencia política, dentro de un horizonte inmanente.

La expresión histórica que estos sucesos le dan al desplazamiento del fundamento estaba acompañada de expresiones ideológicas que evolucionaban paralelamente y se presentaban cada vez con más precisión. Hay una progresión en la elaboración filosófica que inicia con la autonomía del sujeto, sigue con la soberanía y la autodeterminación de las sociedades y finalmente alcanza una formulación racional universal.[37] Esta progresión encuentra en la Ilustración un proyecto para que la razón sea el fundamento último del desarrollo humano. Sin embargo, también intenta una superación de la particularidad histórica. El imponer una universalización de la verdad racional sobre la historia implica que la historia comienza a ser redirigida hacia ideales universales con pretensiones totalizantes. Aún no hay en esta transición una prescindencia de la verdad revelada; sin embargo, la verdad revelada en el cristianismo ya no está determinada por el misterio y la contemplación, más bien comienza a tomar una forma sistemática y racional.

La institucionalización del orden moderno (siglos XIX-XX)

A comienzos del siglo XIX, el impacto de la Revolución Francesa había calado en toda Europa. El principio de soberanía se estructura en instituciones que conformarían los Estados nacionales modernos. Francia, Inglaterra, España y Portugal muestran una tendencia hacia esa configuración. Las colonias americanas forjan su independencia y proceden a conformarse como estados soberanos y políticamente independientes. Italia y Alemania entran en procesos de unificación territorial. A pesar de las diferencias, puede reconocerse un proceso común en la integración de territorios con fronteras bien definidas, la organización de ejércitos bajo bandera, el establecimiento de marcos constitucionales, legislación fundada en intereses soberanos y un progresivo reconocimiento de los derechos de la ciudadanía. Estas instituciones terminan de materializar el concepto de Estado.

La construcción de un nuevo orden se extiende más allá de la organización política. La reorganización moderna, una vez desplazado el fundamento hacia la inmanencia, llega a modificar las formas de toda la organización social. La nueva configuración social necesita operativizarse e institucionalizarse en todo nivel. Ámbitos de construcción social como la producción y circulación de bienes, trabajo, urbanización, técnica, economía, administración, etcétera, se reorganizan mediante nuevas capacidades desarrolladas dentro de la propia sociedad. Una vez establecido el nuevo fundamento y desarrolladas las nuevas instituciones fundamentales, todo aspecto social se reestructura en esas bases. La Revolución Industrial es una expresión histórica de la afirmación de un fundamento que ya se había desplazado.[38]

En la primera mitad del siglo XIX tuvo lugar un proceso de secularización basado principalmente en la reducción del poder político y territorial de las instituciones eclesiásticas. A diferencia de las reformas del siglo XVIII, que buscaban modificar determinadas estructuras, este nuevo proceso tuvo como objetivo desplazar el poder eclesiástico como competidor directo del poder político. Los bienes y tierras de las iglesias de distintas confesiones fueron confiscados o nacionalizados por los Estados, el sistema de diezmos fue reformado o abolido, y su influencia político-económica fue progresivamente desarticulada para favorecer un nuevo orden en el que las autoridades religiosas dejaron de ser consideradas aliadas estratégicas. Sin embargo, la religión adquirió una dimensión explícitamente política: las posiciones políticas comenzaron a intervenir en las discusiones teológicas y en la organización de las instituciones religiosas.[39] La religión y la irreligión comenzaron a funcionar también como consignas políticas.[40]

En el contexto político del siglo XIX, tanto la defensa del cristianismo como el anticlericalismo podían ser utilizados para movilizar políticamente, incluso cuando las motivaciones no fueran estrictamente religiosas. Esto produjo una creciente polarización entre quienes presentaban la religión como un obstáculo para la civilización, la libertad y el progreso, y quienes la defendían como fundamento de la moral y como protección frente al materialismo y el desorden social.[41] El conflicto de fondo se relacionaba con la necesidad de diferenciar la autoridad política de la autoridad teológica. Desde esta perspectiva, la separación de la autoridad política de la autoridad religiosa no respondía necesariamente a un rechazo de la religión, más bien a la necesidad de que el orden político desarrollara una lógica propia e independiente.[42]

Un hecho particularmente importante para nuestro estudio se dio en el proceso de unificación de Italia. La toma de Roma en el año 1870 implicó la disolución y absorción de los Estados Pontificios en el Reino de Italia. La Iglesia queda sin soberanía territorial.[43] Los Estados Pontificios daban a la Iglesia Católica una forma de soberanía dentro de la lógica de los “poderes temporales”, pero su pérdida revela el carácter terrenal de este poder, que estaba sujeto a las contingencias políticas explícitamente asociadas a la administración estatal. A partir de 1929, con los Pactos de Letrán, la soberanía territorial del papado queda circunscripta a los límites de la Ciudad del Vaticano.[44]

En otra línea, el dominio colonizador occidental impulsó este modelo en el mundo.[45] El desarrollo de la política mundial ya había tomado un rumbo inmanente que promovía la institucionalización mundial de un régimen político basado en Estados y establecía entre ellos relaciones asimétricas, determinadas por el poder derivado de sus propias capacidades operativas. Las potencias europeas, junto a Estados Unidos, habían desarrollado un lenguaje de soberanía, ciudadanía, derechos y autodeterminación dentro de sus fronteras; mientras que no respetaron esos mismos ideales cuando promovieron una ola de expansión imperial sobre África y Asia. Actuaron sobre otros pueblos desde una posición de superioridad, apropiándose de territorios y estableciendo las condiciones bajo las cuales esos territorios serían reconocidos políticamente. La Conferencia de Berlín entre los años 1884 y 1885 impulsó un modelo de colonización legitimado mediante acuerdos entre las propias potencias.[46]

La Primera Guerra Mundial provoca la caída de los imperios alemán, austrohúngaro, otomano y ruso y favoreció la reorganización y configuración de nuevos Estados. La Segunda Guerra Mundial encaminó una reorganización del sistema internacional mediante la creación de las Naciones Unidas, la consolidación institucional del derecho internacional, la posterior configuración de dos grandes bloques de poder, la aceleración de la crisis de los imperios coloniales europeos y la institucionalización de mecanismos económicos y monetarios internacionales. El orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial quedó sostenido por una red de instituciones que administraron las relaciones entre Estados. Lo religioso ya no tenía injerencia en la administración del poder político, ni en Europa, ni en el mundo.

El significado moderno de la secularización

La secularización en la modernidad se presenta como un fenómeno complejo que propone la disminución del influjo religioso en la vida pública, la exclusión de lo religioso en el gobierno y la primacía del conocimiento científico en la comprensión de la realidad. A partir de la concepción del poder que se modela en la Ilustración, las cuestiones religiosas quedan relegadas las ámbito privado y deben diferenciarse claramente de la vida política y civil.[47] Este proceso culmina en una forma de emancipación de lo terrenal frente a la esfera religiosa.[48] La secularización moderna se presenta como una reacción que evoluciona para instaurar un poder político y económico fuera del orden religioso. Lo religioso sale del ámbito cívico-social y cede paulatinamente hacia el ámbito privado y personal.

NOTAS

  1. Black advierte contra una interpretación de la recepción medieval de Aristóteles como una aplicación directa de sus categorías al pensamiento político europeo. Su incorporación se produjo mediante un proceso de apropiación y reinterpretación, particularmente en el marco de la escolástica (Black 1996, 14-15). ↩
  2. (Skinner 2013, 97ss) ↩
  3. Nota metodológica: Existe una diferencia fundamental entre el medioevo y la modernidad en cuanto a la posibilidad de reconstruir sus criterios de organización política. En la Edad Media no existía la teoría política como campo de reflexión sistemática; las concepciones políticas medievales pueden reconstruirse históricamente a partir del análisis de las prácticas institucionales, en el derecho, en la teología y en las formas concretas de ejercicio de la autoridad y del poder. La reflexión teórica sobre la política medieval es una elaboración historiográfica posterior, como señala Ullmann, “la ley medieval era doctrina política aplicada” (Ullmann 1999, 17). En la transición hacia la modernidad, en cambio, comienza un proceso de formulación de concepciones políticas sistemáticas que pueden identificarse y relacionarse directamente con las transformaciones históricas de su tiempo; o, para decirlo en palabras de Manent, “en la época moderna el pensamiento político y la vida política están vinculados por un lazo inmediato e íntimo” (Manent 1990, 7). Por ello, en este apartado haremos referencia a la historia política moderna y al pensamiento político asociado, atendiendo tanto a las transformaciones de las instituciones como a las ideas mediante las cuales éstas fueron pensadas. ↩
  4. (Skinner 2013, 40ss). El Papado, interesado también en limitar el poder imperial, apoyó en distintos momentos esta resistencia, aunque su propósito no fuera establecer la autonomía política como principio, sino ampliar su propia influencia sobre estos territorios. ↩
  5. (Skinner 2013, 61ss) ↩
  6. Marsilio de Padua, unas décadas después, lleva algunas de las posibilidades abiertas por esta nueva racionalidad política hacia una diferenciación mucho más fuerte entre el orden político y el orden teológico. (Skinner 2013, 119ss) ↩
  7. Un ejemplo de esta transformación puede encontrarse en Maquiavelo, cuya reflexión política se desplaza hacia la consideración de la experiencia histórica, la contingencia y las condiciones concretas del ejercicio del poder. Sobre los supuestos conceptuales que hacen posible esta transformación y su expresión en el pensamiento político renacentista, véase Pocock (Pocock 2002, 83-165). ↩
  8. (Pocock 2002, 113) ↩
  9. (Eire 2016, 43ss) ↩
  10. Mediante una imagen particularmente gráfica, Eire describe el estado de Lutero en los meses previos a la Reforma: “Para el otoño de 1517, Lutero, de treinta y cuatro años, era un volcán en ebullición, a punto de entrar en erupción.” (Eire 2016, 146) ↩
  11. Sin embargo, la inmanencia religiosa presenta una fuerte contradicción desde el punto de vista de la fe. La fe, en cuanto trascendente, se manifiesta en el ámbito sagrado de las relaciones con Dios. Cuando la mediación religiosa pierde su sacralidad, pierde su verdadera relación con la trascendencia. ↩
  12. Eire destaca tres movimientos reformadores que cobraron fuerzas a partir de la controversia luterana: los reformadores radicales, los protestantes reformados y el movimiento campesino (Eire 2016, 185ss). ↩
  13. Para un detalle histórico puede verse: (Eire 2016), (MacCulloch 2003) y (Wilson 2009). ↩
  14. (Manent 1990, 17ss). Resulta interesante la síntesis histórica que ofrece Manent al analizar cómo las formas políticas determinadas por el Imperio y la ciudad-Estado, afectadas por sus conflictivas relaciones con la Iglesia, confluyen progresivamente en la monarquía. Sin embargo, el análisis de Manent casi no atiende a la influencia decisiva de los movimientos reformadores en todo este proceso. ↩
  15. (Manent 1990, 27). ↩
  16. La monarquía europea cumplió un rol de transición que permitió estabilizar las crisis de mediados de siglo XVII. Sin embargo, fue más bien una reacción contra el feudalismo. En palabras de Touchard, el absolutismo era precario, híbrido y anacrónico (Touchard 1977, 250). ↩
  17. Nótese, por ejemplo, que la concepción de los derechos naturales en el Segundo tratado de Locke conserva un fundamento teológico (Locke 1990). ↩
  18. (Touchard 1977, 240) ↩
  19. (Hill 1966, 187ss) ↩
  20. (Lynch 2005, 432ss) ↩
  21. (Lynch 2005, 483ss) ↩
  22. (Lynch 2005, 541) ↩
  23. La expulsión de los jesuitas de los territorios gobernados por monarquías católicas no fue un tema exclusivo de la corona española, en 1759 son expulsados de los territorios portugueses y de Francia en 1764. ↩
  24. (Wood 2015, Orígenes) ↩
  25. (Bailyn 1969, 198ss) ↩
  26. (Wood 1995) ↩
  27. Véase la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), especialmente el párrafo que afirma que los gobiernos “derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”. La formulación guarda una estrecha relación con la concepción de Locke sobre los derechos naturales, el consentimiento y el origen del poder político. (Locke 1990, §§ 4, 95-99, 123-131) ↩
  28. Touchard afirma que los principios de la Declaración de Independencia “estaban ya en Locke”, sin embargo el movimiento es diferente: “No se trataba ya, como en 1688, de justificar un cambio de dinastía, sino del nacimiento de un nuevo Estado.” (Touchard 1977, 354) ↩
  29. Respecto a las tensiones entre grupos sociales, también puede considerarse la perspectiva de Soboul. (Soboul 1981, 11ss) ↩
  30. (Lefebvre 1973, Cap. 2) ↩
  31. Es famosa la frase de Napoleón al respecto: “En cuanto a mí, no veo en la religión el misterio de la Encarnación, sino el misterio del orden social.” Traducido del francés (Pelet de la Lozère 1833, 223). ↩
  32. (Sloane 1901) ↩
  33. (Furet 1980, 37ss) ↩
  34. En palabras de Furet: “La antigua Francia era un reino de súbditos, la nueva una nación de ciudadanos.” (Furet 1980, 39) ↩
  35. En este movimiento, según Furet, el sentido religioso pasa a configurar una especie de “culto imaginario de un Estado-modelo” (Furet 1980, 201). Furet también señala que “el culto de lo Social es, en efecto, el producto natural de la democracia, valor-sustituto de la trascendencia divina” (Furet 1980, 224). ↩
  36. (Tocqueville 1996, 237-238) ↩
  37. Puede observarse esta progresión en los trabajos de Locke, Rousseau y Kant, particularmente en torno a la libertad, la soberanía y la autonomía. ↩
  38. (Ferrer 2014) ↩
  39. (Schlögl 2020, 67ss) ↩
  40. Chadwick dice: “God was a political slogan, anti-God another political slogan.” (Chadwick 1975, 124) ↩
  41. (Chadwick 1975, 124-125) ↩
  42. (Chadwick 1975, 135) ↩
  43. (Kertzer 2004) ↩
  44. (Pollard 1985) ↩
  45. Tilly sostiene que los principales Estados europeos “difundieron dicho sistema activamente mediante la colonización, la conquista y la penetración en Estados no europeos” (Tilly 1992, 265). Esta expansión del dominio europeo alcanzó aproximadamente un 7% del territorio del globo en 1500, un 35% en 1800 y un 84% en 1914 (Headrick 1981, 3, citado en Tilly 1992, 269). Tilly añade que “esta misma expansión facilitó la multiplicación de Estados nacionales en el mundo entero” (Tilly 1992, 269). ↩
  46. (Ferrer 2014, 370) ↩
  47. Véanse las tres teorías de la secularización moderna propuestas por Casanova (Casanova 1994, 19). ↩
  48. (Jimenez Ortiz 1992, 115-116) ↩

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